La excursión del mes. Abril de 2017

Me acabo de dar cuenta de que estamos ya a mediados del mes de mayo y no os he contado la aventura más curiosa que viví el mes pasado. Esto no tiene perdón. Allá va:

Érase un día cualquiera del mes de abril; uno de esos en que hace calor y no llueve, y se puede pasear por la ciudad tranquilamente para aprovechar que se tiene un día libre y nada mejor que hacer. Aquel día pensé: voy a irme de compras; una actividad que no me gusta especialmente llevar a cabo, todo sea dicho, pero que en aquel momento resultaba esencial porque necesitaba un regalo de cumpleaños para aquella misma tarde.

Bien. Me fui de compras. Me agobié con las hordas de adolescentes que parecen no tener nada mejor que hacer en la vida que dedicar la mañana de un sábado a entrar de tienda en tienda y tiro porque me toca pegando gritos a ver cuál de todos llama más la atención. Cogí un autobús. Me fui hasta el centro de Salzburgo y, al llegar, me compré un bocadillito relleno de un filete empanado y una botellita de té helado sabor melocotón para calmar la sensación que tenía mi estómago de estar a punto de morir de inanición. Sigue leyendo

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Grandes regalos

En febrero os contaba que había estado fabricando algo en mi tiempo libre que acabaría siendo mi regalo para unos amigos que se casan en Madrid dentro de (ahora) ya pocos días. Después me fui de viaje, a otra boda allí en España, y ya aproveché y me llevé este regalo para entregárselo a sus destinatarios. Pero como aún faltaban un par de pequeños detallitos, nos sentamos un día entero, con su desayuno, su comida y su cena de por medio, y lo acabamos entre los tres… bueno, más bien entre cuatro, otra amiga de la pareja también colaboró.

Y he aquí que por fin acabamos de hacerlo. Yo se lo entregué. Ellos lo recibieron. Hicimos muchas fotos los tres (luego entenderéis por qué). Ellos hicieron uso de su regalo…

Y ahora ya ha llegado el momento oportuno y el permiso de los dos para poder enseñároslo. Sigue leyendo

Minientrada

Regalos a lo grande

He dedicado el 95% de mi tiempo libre durante los últimos dos meses a fabricarle un regalo de boda a unos amigos que se casan en Madrid en septiembre. Ha sido un trabajo que, a pesar del tiempo que ha requerido, ha sido muy divertido de realizar. Ha evolucionado por sí mismo a lo largo de las semanas, ha sufrido modificaciones y retoques y ha sido objeto de horas sin dormir hasta conseguir la más absoluta perfección (dentro de lo que cabe).

Para ellos no es sorpresa, ya que está todo hablado de antemano, salvo algunos detalles que se me han ocurrido poco a poco. Pero para vosotros espero que sí, y también espero que lo siga siendo porque aún no puedo contaros lo que es. Aún tengo que esperar a entregárselo a sus destinatarios y a que procedan a hacer uso de ello. Y sólo después, si tengo su aprobación, podré enseñároslo, o al menos explicar de qué se trata.

Hasta entonces, sólo os puedo decir que es un regalo grande o un gran regalo (según se mire) y que estoy muy orgullosa de haberlo hecho, y sobre todo de haberlo acabado a tiempo.

Ahora que ya no tengo ocupado ese 95% de mi tiempo libre, prometo escribir sobre más cosas en próximas entradas, que las ideas se me han acumulado durante este tiempo. Pero primero me iré de vacaciones. ¡Os veo a la vuelta!

Con dos huevos

Amanecía el día de hoy blanco y radiante de nieve y los clientes, como viene siendo habitual en días como éste, se negaban a bajar a desayunar a una hora decente. Mejor quedarse durmiendo y aprovechar el hecho de que no se puede ir a prácticamente ningún sitio.

En cualquiera de los casos, la imagen que les esperaba en el restaurante era la siguiente:

Mesas llenas de huevos de chocolate, de figuritas de patos de chocolate, de bollos blanditos, dulces y rellenos de pasas encima de cada plato… Sigue leyendo

Porque yo lo valgo

Tengo que reconocer que los clientes de este lugar me encantan. Siempre hay alguno que me saca bastante de quicio, pero de cada uno de ellos se podría contar una historia diferente, a cuál más divertida.

Está, por ejemplo, la señora que lleva toda la vida viniendo por aquí, que ostenta el récord de antigüedad en el ranking de visitantes (aunque no el de cantidad de veces que ha venido al hotel), de la que todo el mundo ya sabe qué bebe a cada hora del día, tiene su mesa ya asignada venga cuando venga y (novedad) me abraza cada mañana cuando baja a desayunar. Así, porque sí. Después de ese abrazo conservo su olor durante horas, pero merece la pena por ese pequeño gesto de cariño.

Luego tenemos al señor Sigue leyendo

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Algo se muere en el alma cuando un amigo se va

Una de las cosas que tiene el irse a vivir o a trabajar a otro país es que la familia y los amigos se quedan atrás. Es algo lógico y normal.

De entre todas esas personas, las hay que se mantienen ahí, en la distancia. Y parece que no te has ido. Hay otras con quienes empiezas a relacionarte más ahora que no las ves a diario; tal vez porque se interesen más por saber qué haces cuando estás tan lejos o tal vez porque realmente descubras que, simplemente, merece la pena que estén ahí. Y luego está el tercer grupo: el de la gente que desaparece, sea por la razón que sea. Porque ya no les escribes, porque ya no les avisas las pocas veces que vuelves a casa, porque les molestan cosas que creen que has hecho y te da pereza tener que dar explicaciones que sabes que no van a servir para nada, o porque, simplemente, descubres que tú a ellos tampoco les interesas, aunque ellos mismos no quieran aceptarlo. No es divertido, pero te acabas dando cuenta de que no eran amistades verdaderas. O, al menos, no lo que tú esperabas.

¡Y los que entran por los que salen! Llegas a un país en el que no todo el mundo te acepta, sobre todo porque eres extranjera, o donde te aceptan enseguida, precisamente porque vienes desde lejos y quieren que te sientas casi como en casa. Y luego hay gente que viene y va, con quienes te cruzas unas cuantas veces o quienes se quedan más tiempo y que, con el paso de los días, te demuestran que aún no es tarde para conocer a gente de lo más interesante. Sigue leyendo

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Navidad al estilo germano

¡Bienvenidos de vuelta! O mejor dicho: ¡bienvenida yo! ¡Que ya iba siendo hora de ponerme a contaros cositas de nuevo!

Tras un divertidísimo vuelo de vuelta de Madrid a Salzburgo pasando por el gigantesco y maravillosamente bien organizado aeropuerto de Frankfurt, y sustituyendo en este caso al chino que conocí en Munich el año pasado por una pareja de señores canadienses encantadores, que me dieron conversación en el avión durante dos horas contándome que son profesores de tai chi y disponen de escuelas en todo el mundo (publicidad incluida) e intercambiando impresiones varias sobre nuestros viajes, he vuelto a mi rutina laboral en el hotel de enfrente, donde estuve a finales del verano pasado.

Pero eso no es lo importante. Lo importante es que estoy viviendo mi primera navidad al “estilo germano”; y digo germano y no alemán o austriaco porque lo que veo estos días es mezcla de ambas cosas, que son bastante parecidas (por no decir iguales, ya que no encuentro diferencias, aunque dicen que las hay). Sigue leyendo