Las carreteras germanas

Y cuando digo germanas me refiero, en esta única ocasión, tanto a las alemanas como a las austriacas. Porque ambas tienen sus características comunes, pero también algunas particularidades de las que me gustaría hablar hoy. Sigue leyendo

Sor BMW

Ya puedo afirmar que he dado dos Fahrstunde (= clases de conducir). Aunque en realidad han sido 4, dos cada día. La primera tuvo lugar el miércoles pasado. Como buena ciudadana carente de automóvil propio, me tocó bajar hasta la autoescuela en autobús y hacer tiempo durante alrededor de una hora antes de empezar con mi clase. La chica de la recepción, con la que ya había hablado previamente por teléfono, fue muy amable conmigo, pero hizo algo que me desconcertó ligeramente. No me pidió el carnet de conducir. No. Ni siquiera para verlo de lejos o reírse de la foto, como se hace en estos casos. Nada. Yo ya le había dicho que tengo carnet, y confió en mí. La próxima vez que me tenga que apuntar a algo en Austria, diré que tengo una licencia de pistola de pelotas de goma, o un carnet de socia universal que me permite saltarme todas las colas de todos los supermercados del mundo; lo mismo sirve para algo.

Bien. El profesor que me han asignado es un jovenzuelo que debe de tener entre 20 y 35 años (indeterminado), del mismo pueblo en el que vive el Camarero, y que ha decidido que me va a hablar sólo en Dialecto, que el Hochdeutsch (= alemán estándar, el que aprendemos en la escuela de idiomas) no le gusta. Por suerte, tras tres meses soy capaz de entender el Dialecto en el 75% de los casos, por lo que no es necesario lamentar ninguna desgracia a la hora de seguir las indicaciones de mi profe. Sigue leyendo

Precaución, amigo conductor

La senda aquí también es peligrosa. Por aquello de las curvas que hay en la carretera que conecta el pueblo con mi barrio. Cuando voy de copiloto voy un poco asustada, pero cuando me toca conducir a mí… eso ya son palabras mayores.

¿Qué? ¿Que por qué he conducido aquí si no tengo coche? Pues muy sencillo.

Érase una vez un Cocinero alemán que, una noche cualquiera, bebió algo de alcohol en el bar de enfrente. Al salir y subirse al coche para volver a casa (él es uno de los pocos que no viven en el hotel) la policía le paró y le hizo un control de alcoholemia. El resultado no lo digo. El máximo permitido, al igual que en España: 0,5 gramos de alcohol por litro de sangre. Como aquí se toman las cosas bastante más en serio que allí, o esa es la impresión que a mí me da, le han retirado el carnet por más días de los esperados y le obligan a pagar una multa bastante elevada. Pero, como él dice: selbe Schuld (= propia culpa).

La cuestión es que lleva ya mucho tiempo llevándome y trayéndome con su coche cada vez que me hace falta algo, así que lo menos que podía hacer yo ahora es llevarle a él. Por suerte no le importa que conduzca su coche: uno de color rojo, con unos 10 años de antigüedad, cuya marca está representada por cuatro circunferencias secantes.

Mi primera vez con el coche fue por la noche. Nada más sentarme en el asiento, le pedí que me dijera los nombres en alemán de cada uno de los pedales para evitar sustos y poder entenderle cuando me diera instrucciones. Dado que no hay farolas en la carretera y que está llena de curvas, procuré conducir a unos 70 km por hora, a pesar de que el máximo permitido en ese tramo son 80. Tengo que aclarar que no había nadie más, y que yo llevaba alrededor de 2 años sin conducir, lo cual se ha traducido en las siguientes ocasiones en dificultades a la hora de subir las cuestas: el martes se me caló el coche alrededor de 5 veces contadas; incluso me paró la policía para pedirme el carnet, ya que decían que conduzco fatal. Yo no diría que tanto, pero sí es verdad que me pone muy nerviosa el tema de las cuestas y, sobre todo, lo estrechas que son aquí las calles. En posteriores ocasiones no se me ha dado tan mal, pero necesito algo más de soltura con la Kupplung (= embrague).

Por todo ello, los espectadores (en mi caso, el Cocinero alemán) han considerado que no estaría de más dar un par de clases de repaso en la autoescuela, en un coche que tenga más pedales de los necesarios, sólo por si acaso. Y aquí empieza mi nueva aventura: a partir del miércoles que viene vuelvo a la Fahrschule (= autoescuela), cuyo nombre es el de un mamífero con rayas blancas y negras. Y cada vez que lo pienso, no sé si me asusta más conducir (a lo que poco a poco me voy a costumbrando de nuevo) o a no ser capaz de entender al profesor de la autoescuela cuando me vaya indicando lo que tengo que hacer…