La excursión del mes. Julio de 2017

El otro día por fin se produjo aquello que yo llevaba tanto tiempo esperando: alguien me cedió el asiento en un autobús lleno de gente. No es que me preocupe si lo hacen o no, pero después de un día entero de pie en el trabajo, se agradece que un alma caritativa se apiade de mi creciente barriga y me permita reposarla durante unos cuantos minutos. Además, estoy rellenando un álbum con fotos y cosas del embarazo y una de las páginas se titula “En esta época ya me ceden el asiento en todas partes”. Os tengo que confesar que, secretamente, estaba deseando poder rellenarla y relatar cómo fue la experiencia.

Por desgracia, esa espera tendrá que alargarse un poco más. Porque la historia de la primera vez que alguien le cedió el asiento a mi barriga en el transporte no es del todo cierta…

Era sábado. Yo me subí al autobús para desplazarme desde el trabajo hasta la estación de tren para hacer transbordo. Antes me gustaba hacer ese recorrido a pie; ahora la gravedad de la tierra sumada a las horas de trabajo subiendo y bajando escaleras me ponen algunos impedimentos. Ese día no llevaba ropa especial de embarazada, sino una camiseta dos tallas más grandes que me había comprado en la sección de caballeros de mi tienda, que para eso paso en ella tantas horas de mi vida, y oye, con gusto. En cualquier caso, la barriga no se notaba tanto como de costumbre.

Pues bien, yo subí, busqué un asiento, y como no había ninguno libre, me coloqué en uno de los pocos huequecitos que encontré libres en ese momento. Y, de repente, una señora mayor (y cuando digo mayor, digo mayor de 60 años) me dijo muy amablemente: oye, mira, ese chico que está sentado junto a la ventana me ha ofrecido cederme su asiento, si quieres le puedo decir algo y así te sientas tú.

¡Qué señora tan mona! ¡No me digáis que no!

Le di las gracias amablemente y le dije que no pasaba nada, que me quedaba allí agarradita y que de todas formas no tenía un trayecto muy largo.

Mi siguiente acto reflejo (uno que he adquirido recientemente) fue sujetarme la barriga porque a veces temo que alguien no la vea y me de un golpe. El autobús arrancó. Cuatro mujeres que había sentadas al lado de esta amable señora y a mi lado me miraron fijamente tanto la mano como la tripa. Y así continuó nuestro trayecto. Y al llegar a mi estación de destino, muy poco discretamente, trataron de levantarse todas de golpe y bajarse del autobús delante de mí. Estas embarazadas, ¡qué lentas son!

Pues sí, qué le voy a hacer. Monete empieza a pesar. Pero ya que vengo todo el camino de pie, encima no intentes correr hacia la salida como si no hubiera un mañana. Yo, mi mochila gigantesca y mi barriga no menos grande podemos bloquear el pasillo y así yo me salgo con la mía: bajar antes que los demás sin que nadie me roce la barriga. Por si las moscas.

En fin, una curiosa manera de interpretar aquello de ceder el asiento a quien pueda hacerle más falta. Desde luego, yo no entro en ese grupo. Al menos por ahora. Y por ahora tampoco voy a poder rellenar esa página de mi álbum. Espero poder hacerlo en algún momento y así celebrar ya de paso la buena fe de la gente, y no sólo de las señoras mayores.

La esperanza aún no se ha perdido…

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