La excursión del mes. Mayo de 2017

Un día de mayo el Cocinero alemán y yo nos levantamos, como cada mañana. Desayunamos. Vimos un rato la tele. Y, de repente, sin anestesia ni nada, me dijo: hoy vamos a ver a mis padres y tú conduces.

¿¿¿¿¿QUÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉ????? ¿Que yo… qué?

A mí así no, hombre. Esto se avisa. A ser posible con semanas de antelación, que yo me lo apunte en la agenda. Que en mi estado no puedo tomar medicamentos y yo sin tomarme una pastilla no soy capaz de conducir, los nervios me pueden.

La última vez que conduje un coche fue el 5 de marzo de 2016, y aquel día, sin valeriana, no salió la cosa como yo me imaginaba, por lo que mi subconsciente me tenía prohibido volver a sentarme delante de un volante. Y menos ahora que el coche tiene seis meses de vida.

La historia de ese día de mayo de conducción impuesta, no obstante, transcurrió así: yo me quejé por mi falta de libertad a la hora de decidir si quería o no conducir. No sirvió de nada. Le dije al Cocinero alemán: vale, pero tú lo sacas del aparcamiento, que esto es un poco estrecho y me veo venir que vamos a empezar mal. Vale. Luego me dijo: ¿quieres conducir todo el rato? Y yo le dije: a mí las rotondas no es que me entusiasmen, si quieres que te diga la verdad, y tenemos unas pocas por el camino… Vale.

Él propuso conducir un rato, y al llegar a la autopista, buscar una gasolinera / zona de descanso donde poder parar para que yo siguiera. Pero llegamos a la autopista… y pasamos la primera gasolinera / zona de descanso… y no paró. Para tranquilidad de mis nervios.

La siguiente opción que me propuso fue buscar un lugar donde parar al llegar al pueblo donde viven sus padres, y una vez allí, cambiar asientos y seguir yo los pocos metros que hay desde la entrada del lugar hasta su casa. No me pareció mala idea, porque son exactamente dos calles y suelen estar vacías; como mucho pasa de vez en cuando alguien en bici, y poco más. Sin embargo, él debió de pensar: total, para el par de metros que nos quedan… ya acabo yo…

Y sí, así fue como me libré de conducir sin decir ni una sola palabra.

Aunque confieso que nunca había tenido las pulsaciones tan elevadas yendo de copiloto desde… bueno, creo que desde nunca.

Pero mis nervios sobrevivieron aquella prueba.

Y, varios días después, ellos mismos me dieron una sorpresa.

Nos encontrábamos realizando el mismo trayecto. En esta ocasión llegamos hasta la casa y, como sus padres no estaban, decidimos ir a tomar algo y esperar mientras tanto. Pero, mientras íbamos de camino hacia el bar que iba a ser nuestro destino, nos los cruzamos (en bici, de hecho) y dimos la vuelta.

El Cocinero alemán me preguntó: ¿quieres volver tú con el coche? Y una parte de mi subconsciente a la que yo hasta ahora no conocía dijo, con toda la tranquilidad del mundo: sí.

Cambiamos de lugar. Justo en ese momento se colocó otro coche detrás de mí (algo que jamás nos había ocurrido en ese trayecto), ajusté el asiento, arranqué y allá que fuimos. Sin que se me calara el coche. Ni una sola vez. Sin ponerme nerviosa. Y, lo más importante, sin pastillas relajantes.

Y esta es la historia de cómo, un año y dos meses después, volví a conducir un coche, en esta ocasión nuevo, con más caballos y como si fuera la cosa más normal del mundo. Como si lo hiciera cada día.

A día de hoy aún no me lo creo.

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