La excursión del mes. Marzo de 2017

Espero que me permitáis retroceder un poquito en el tiempo para contar los orígenes de esta excursión como es debido…

Érase una época en la que existía una revista infantil que yo leía. Con sus artículos de cosas escritas para niños y con una sección al final en la que uno podía escribir algo así como: “Me llamo María, me gusta leer y hacer punto de cruz. ¿Quieres ser mi amigo? Esta es mi dirección:…” Y entonces los niños se escribían cartas.

El caso es que a raíz de un anuncio que puse yo, recibí cartas de varias partes de España. Y una de esas cartas llegó desde Barcelona. Y, en ese caso en particular, seguimos escribiéndonos cartas. Y más cartas. Y postales navideñas. Y tarjetas de felicitación de cumpleaños. Y tiempo después nos llamábamos por teléfono. Pero desde una cabina de las que había en la calle, que por entonces las llamadas de una provincia a otra no costaban lo que cuestan ahora. Y luego llegó la época de internet y esas cartas se convirtieron en correos electrónicos, que después derivaron a mensajes más directos a través de redes sociales y llegaron a un contacto más rápido aún gracias a esa aplicación de mensajería instantánea que se usa con el móvil.

A pesar de todo eso, sólo nos conocíamos por foto. La primera vez que nos vimos en persona, tras varios intentos fallidos aprovechando visitas suyas a Madrid, fue en 2014, cuando fui a Barcelona para verla a ella y, ya de paso, hacer turismo. Y ahora, cuando se cumplen 20 años de esa larga y a distancia amistad, ha sido ella la que ha venido a Austria a pasar una semana conmigo.

Y de esa visita es de donde sale una de las excursiones más entretenidas que he tenido este mes de marzo. Era ése un día en que íbamos a ver mundo por nuestra cuenta, sin coche y sin compañía. Decidimos ir a ver el Dokumentation Obersalzberg, del que ya os hablé una vez y del que os volveré a hablar próximamente. Yo ya lo había visitado dos veces, y ambas había ido en coche, pero descubrí que hay un autobús que también realiza ese trayecto. Así que llegamos hasta la parada de ese autobús, pagamos nuestro billete y nos pusimos en marcha.

El viaje de ida transcurrió sin contratiempos. Fuimos viendo el paisaje y hablando de la vida en general y en Austria en particular. Poco después llegamos a Berchtesgaden, desde donde teníamos que coger otro autobús. Allí conocimos a una señora que había hecho el mismo recorrido que nosotras y que nos preguntó si nos dirigíamos a este sitio, porque ella no estaba muy segura de estar haciendo el viaje de forma correcta. La adoptamos como vecina de asiento y, cuando llegamos a nuestro destino, y en vistas de que estaba la pobre bastante perdida, le propuse ir con nosotras hasta el centro. En su defensa diré que desde la carretera no se ve dónde está el edificio, así que es comprensible que, quien nunca ha estado allí, no lo encuentre.

A raíz de esta adopción tan repentina me puse a interrogarla tranquilamente: me contó que su hijo está trabajando en Salzburgo y que por eso estaba por aquí (creo que era estadounidense, o al menos de un país angloparlante) y que mientras su hijo estaba ocupado, ella iba a hacer excursiones por los alrededores. Era muy maja, por cierto.

Nosotras hicimos la visita un poco por nuestra cuenta, ella por la suya, y cuando ya se iba nos dio las gracias por haberla ayudado y nos dijo que el sitio le había gustado, que le parecía muy interesante todo lo que había visto.

Ella volvió con un autobús.

Nosotras queríamos coger el que pasaba justo después de ese.

Si nos hubiésemos dado un poquito más de prisa, habríamos podido volver con ella.

Pero como no fue el caso, llegamos cinco minutos después a la parada y nos quedaba, en teoría, una hora hasta que pasase el siguiente autobús. Así que decidimos ir a un sitio al lado de la tienda de souvenirs en el que pone en alemán “sala de espera” y en el que hay un banco y una máquina de café. Allí nos sentamos, seguimos hablando de nuestra vida en general, y al rato la señora responsable de la tienda (con la que, por cierto, ya había hablado yo antes y que era muy desagradable) nos miró con mala cara y cerró con llave una puerta que hay entre la tienda y esa sala de espera. No me extraña en absoluto que esa tienda siempre esté vacía…

Salimos de nuevo esperando que el autobús de vuelta pasara en breve… y no lo hizo.

Encontramos, eso sí, uno que estaba parado al otro lado de la carretera y le preguntamos si sabía a qué hora pasaba el que nosotras necesitábamos, y nos dijo que le quedaba poco. Y siguió a su rollo.

Me acerqué a leer los horarios más detenidamente y, por lo visto, el autobús al que estábamos esperando solamente pasa los días laborables en que los niños no van a clase; es decir: no ese día. ¡Bien! ¡A esperar otra hora!

O eso es lo que pensábamos, porque, alrededor de media hora después, el conductor al que habíamos preguntado ya había subido la montaña y vuelto a bajar con un montón de niños dentro de su autobús y nos dijo que nos llevaba. Y así es como volvimos del lugar en un autobús escolar, que normalmente sólo lleva a niños desde el colegio hasta la estación central de autobuses y viceversa, pero que en este caso también llevó a dos turistas españolas algo despistadas.

Moraleja: ayudar a turistas despistadas le permite a una practicar un poco de inglés y los conductores de autobús alemanes no son tan rancios como parecen a primera vista. Las señoras de tiendas de souvenirs sí (algunas, al menos), pero ésa es otra historia…

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2 comentarios en “La excursión del mes. Marzo de 2017

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