Los borrachos dicen siempre la verdad

Dice la leyenda, la tradición o las malas lenguas (según se mire) que los austriacos (o más bien los alemanes, aunque a veces los confundamos, seamos sinceros) son dados a beber cerveza. Hasta ahí, la parte neutral. Luego viene lo de que si beben mucho alcohol, que si las cantidades que ingieren no son normales, que si son alcohólicos, etc.

Pues hoy vengo con la intención de darle la vuelta a ese prejuicio, contar un par de anécdotas y aclarar un par de cosas sobre el consumo de alcohol en esta parte del mundo.

La primera de las anécdotas se remonta a la primera vez que el Cocinero alemán se vino a España a conocer a la familia y salimos un día a que conociera a unos cuantos de mis amigos al mismo tiempo. Como buen alemán, se pidió una cerveza… o varias… y trató de competir con una amiga mía para ver quién era capaz de beber más y más rápido. La apuesta acabó como podéis imaginar, con mi amiga borracha y él tan fresco como una rosa. O casi.

La siguiente anécdota me ocurrió hace unos días dentro de un tren. Cómo no, yo y mis aventuras en los trenes. Debería dedicarle una nueva sección a este tema. Salía del trabajo y me subí al tren al que me subo siempre, y una parada después se subió un grupo de alrededor de 10 personas y se distribuyeron a lo largo del vagón. Para mi suerte (y esto no lo digo con ironía) uno de ellos acabó sentándose a mi lado, mientras que una mujer se sentaba enfrente de mí. Todos ellos con un botellín en la mano.

Cualquier español que hubiera visto esa escena se habría alarmado. Aquí no es la primera vez que me he encontrado con esa situación en un tren y, salvo que esos grupos suelen hablar un poco más alto de lo normal, hacen bromas y saludan a todo aquel con el que se cruzan, no le veo mayor importancia al asunto.

El caso es que allí me encontraba yo, rodeada de desconocidos alcoholizados intentando rellenar una sopa de letras electrónica en mi móvil para evitar ser abordada por ellos cuando precisamente el que se había colocado a mi lado me preguntó a qué jugaba y me propuso ayudarme con la partida. Le dije que iba a ser complicado porque el juego está en español y no sabía si él podría ayudarme, pero me dijo que aun así lo podíamos intentar.

Esta tontería dio pie a que yo guardara mi teléfono y a que se iniciara una de las conversaciones más divertidas que he mantenido con desconocidos en un tren. Este chico y la mujer que estaba enfrente de mí me contaron a qué se dedican, de dónde venían, qué habían hecho ese día, a dónde iban a ir al bajarse del tren (casualmente, a un local que hay cerca de mi casa), me explicaron de dónde eran, por qué viven donde viven, me interrogaron a mí también, obviamente, intentaron invitarme a una cerveza allí mismo y, después, a ir a tomar algo con ellos al bajarnos en la estación. Todo esto en un plazo de diez minutos exactos.

Al margen de que hubieran bebido vete a saber qué y cuánto, en un momento dado la mujer dijo algo así como que era una lástima que a día de hoy ya no se pueda hablar con desconocidos de una manera divertida dentro de un tren, ya que la gran mayoría van siempre enfrascados con su móvil. ¡Y tiene razón! Tal vez por eso me guste tanto que se me siente al lado gente a la que no conozco y que tenga ganas de hablar.

Pero, al margen de la anécdota, por lo que respecta al alcohol, no le veo en ese caso el problema a salir un día de vez en cuando, tomarse un poquito de algo de más, y volver a casa algo más alegre de lo que se estaba cuando se salió por la mañana.

El alcohol no es ningún tabú en esta sociedad, de hecho se interpreta como una forma de relacionarse con otras personas. Raro es el que se encuentra en una mesa rodeado de otra gente y se pide un vaso de agua. Aquí existe un concepto conocido como Stammtisch, que se traduce como “mesa reservada para la clientela habitual”, que son personas de un grupo de edad generalmente similar, a veces sólo de hombres o de mujeres, a veces mixtas, que se reúnen cada cierto tiempo, se toman su cerveza o su vasito de vino y hablan sobre sus problemas y sobre la vida en general, y ello no implica ni que sean alcohólicos ni que al finalizar la tertulia vayan a salir a la calle a destrozar el mobiliario urbano.

Esta cultura de la cerveza está relacionada con el clima de esta región. En épocas pasadas, en las que hacía más frío y no era tan sencillo ni tan rápido calentar las casas, era habitual consumir alimentos con mayor valor calórico y bebidas alcohólicas, con el objetivo de calentar el cuerpo. De hecho, de aquella época aún queda una cerveza a la que se conoce como Bock – es un tipo, no una marca – que solamente se produce en esta época del año y en primavera, antes de la pascua, y que se diferencia del resto por tener una graduación más elevada. ¿Y esto por qué? Porque o bien hace frío (como ocurre durante estos meses) o bien no se pueden / podían / debían consumir ciertos alimentos (carne, etc.) y por lo tanto el organismo necesitaba nutrirse de alguna otra manera.

En definitiva: no quiero decir con todo esto que defienda el consumo del alcohol ni tampoco voy a negar que haya quien tenga problemas con ello, pero lo que sí hay que reconocer es que los austriacos y alemanes se sueltan más con un cierto nivel de alcoholismo en sangre y que por lo tanto resulta más sencillo muchas veces entablar conversaciones con ellos, la mayoría de las cuales son, cuanto menos, muy divertidas.

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