Érase una vez un viaje

Érase una vez un viaje. Uno de esos que yo quería y no quería hacer, pero que al final tuvo que hacerse.

Era un día de junio. O, más bien, una tarde – noche de junio. Era, aún más exactamente, el principio de ese fin de semana de verano en el que, como cada año, vamos a Berlín; los unos a jugar al fútbol, los otros (o sea, yo) a explorar la ciudad.

Hasta ahora, cada año se había repetido el mismo esquema:

  • Inicio del viaje en autobús el jueves por la noche.
  • Transcurso de millones de horas llenas de canciones, fotos, chistes y alcohol (salvo en el caso del conductor, al que sólo se le permite ser testigo visual), que acaban con alguien diciendo la tontería que luego se repite todo el fin de semana, con alguien roncando y con, en definitiva, muy pocas horas de sueño.
  • Llegada a Berlín, tras infinitas pausas, alrededor de 10/12 horas después. Diría de lo previsto, pero como nunca se sabe cuántas veces será necesario ir al baño durante el camino, no se planea. Se avisa de que llegamos el viernes y listo.
  • Montaje de las tiendas de campaña.
  • Paseo en grupo por Berlín, que suele incluir la visita a algún que otro bar y a algo relacionado con fútbol (ya hemos visto tres años seguidos el mismo estadio…).
  • Vuelta al campamento e inicio de la fiesta y de la preparación de los partidos de fútbol del día siguiente. O al revés. No lo sé muy bien. Lo cierto es que el jolgorio se mezcla con el deporte, y en algunos casos hasta lo sustituye. Pero no puedo dar detalles, sería romper el secreto de confesión.

Bien, el caso es que este año decidí que no me apetecía comerme otras tantas horas de carretera, así que propuse que fuéramos todos en avión. Más rápido (40 minutos desde Salzburgo), más barato (porque cada uno paga su billete en función de cuándo lo reserve, en lugar de tener que hacer una colecta para que todos paguen) y más sencillo para el conductor, que se incorpora a la fiesta al mismo tiempo que los demás.

Pero ¡oh! Dicen que quien reparte se queda la mejor parte… No es así. O yo debo de ser la excepción, porque, después de reservar todos los billetes de avión, a mí me tocó ir sola en autobús. Y he aquí el relato de esa experiencia… que yo creía que sería igual que la de todos los años… pero no…

20:45. Me subo al autobús. Ya de entrada me ponen pegas porque la maleta es un poco más grande de lo permitido. ¿Y qué quiere usted que haga señor mío? ¡Si sólo con la tienda de campaña, el saco de dormir y la colchoneta aislante ya necesito un cierto espacio! Bueno, no pasa nada. Te lo perdonamos. Que has puesto carita de cordero degollado.

20:47. Subo a la planta de arriba del autobús. ¡A ver mundo desde las alturas! Lo que más me gusta es mirar hacia abajo, a los conductores de los otros coches. A ver qué llevan en el asiento de detrás. Si llevan colgadas esas perchas con camisas y chaquetas de traje para que no se les arruguen. Si el copiloto va comiendo algo. Aunque siendo de noche tampoco es que se vea mucho…

21:00. Arrancamos. Ya con 15 minutos de retraso. Pero no importa; el único plan que tengo al llegar a Berlín es desayunar así que… que tarde lo que quiera.

21:15. Atravesamos la frontera con Alemania, lo que significa: control policial. Policías dentro del autobús. Policías entre las maletas. Policías preguntando y controlando la documentación. Nos retrasamos otro poquito.

22:00 (aprox.). Me quedo frita. Que ya tenía ganas.

23:00. Llegamos a Munich. Me bajo del autobús a estirar un poco las piernas (habiendo dejado el asiento lleno de comida para que nadie me lo quite, claro está) y presencio cómo una mujer se cuela dentro del autobús con dos niños y la tienen que sacar entre dos o tres. Un poco de emoción nunca viene mal.

23:10. Consigo volver a subir al autobús y justo a mi lado (no había otro sitio mejor, por lo visto) se coloca un chico que lo primero que hace nada más sentarse es… ¡descalzarse! Que no digo yo que no, porque el viaje es largo, pero… en fin… esos pies ya habían visto mundo antes de subirse al autobús… Así que decido girar la cabeza hacia la ventanilla e intentar quedarme dormida.

Algún momento a partir de las 2:00. Paramos en vete tú a saber cuál de las millones de gasolineras que hay a lo largo de las carreteras alemanas: otro control policial. La mitad del personal se escaquea porque ha bajado a fumar; a los que nos quedamos dentro luchando contra el frío matinal nos toca enseñar el pasaporte. Otro retraso más. A estas alturas ya me da lo mismo, lo que quiero es dormir.

Un rato después. El tipo de al lado parece intentar dormir, aunque no consigo distinguir si sus estiramientos de codo en dirección hacia mí, el que su cabeza caiga sobre mi hombro y la sensación que tengo de vez en cuando de que alguien me está tocando el pelo con un dedo son sueños, si este hombre padece algún tipo de sonambulismo, si no se da cuenta o si pretende mantenerme despierta porque él tampoco puede dormir.

8:00. Llegamos a Berlín con una hora de retraso. Ya daba igual, pero me alegro de que este señor se ponga los zapatos y se vaya.

¡Madre del amor hermoso! ¡Menuda nochecita me dio el amigo! Pero al menos ya había llegado a Berlín. Tardé mucho menos de lo que habíamos tardado todos los años anteriores, y el viaje también tuvo sus ratos interesantes, pero sin duda alguna la próxima vez me paso al avión.

¿Que por qué no he ido yo también en avión este año? Pues porque esta vez llevábamos con nosotros a dos invitados desde España que nunca habían estado por allí, y yo quería llegar antes que ellos para poder recogerles en el aeropuerto y llevarles al lugar donde acampamos. Pero esa es una historia que os contaré a su debido tiempo.

A continuación: qué se puede hacer en Berlín desde las 8 de la mañana hasta las 3 de la tarde con una maleta a cuestas.

Por cierto, el hecho de que el autobús sufriera ese retraso y el que mi compañero de viaje no se convirtiera en mi nuevo amigo no quiere decir que el viaje no mereciese la pena: pagué 28 euros por ese trayecto (directo, además), con una compañía que sí recomiendo, ya que realiza viajes muy económicos por toda Europa. El nombre: Flixbus. Probadla.

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