Un Krampus, dos Krampusse, tres Krampusse

¿Qué día es hoy?

Sábado – diría una de mis compañeras de trabajo.

No, pero, ¿qué más?

¡Pues el día en que por fin San Nicolás y los Krampusse visitan a los niños y les traen un regalito! Yo no he recibido la visita de ningún ser legendario o religioso, pero puede tener algo que ver con el hecho de que yo misma no he estado hoy en casa, que es a donde van ellos… Sin embargo, sí he recibido un detallito:

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¡Y yo que pensaba que me iba a quedar sin chocolate navideño! Si es que… está claro que no es buena idea intentar dejar de comer tantas toneladas de chocolate justo en estas fechas…

Las mandarinas y las nueces son el regalo típico, ¿lo sabíais? Pues así es, porque son alimentos propios de estas fechas y en otros tiempos eran lo único que se les podía regalar a los niños con una doble intención: la del detalle por sí mismo más el hecho de ofrecerles algo de comida, que nunca viene mal.

Hace ya dos años vi por primera vez a un Krampus (o, mejor dicho, a unos cuantos) y ya iba siendo hora de ampliar mis fronteras de conocimiento de las costumbres de estos lares, por lo que mis suegros me han llevado hoy a Berchtesgaden, una ciudad preciosa en Bayern, y me han enseñado esto:

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Una figura misteriosa, una criatura maligna, un ser desconocido…

Un hombre llamado Buttnmandl envuelto en un traje de paja que pesa algo así como 100 kilos (solamente el traje, ser vivo interno aparte) que lleva varios cencerros colgando de la cintura, y que rebotan contra su espalda cuando camina y cuando salta. Algo así como un Krampus, pero vestido de otra manera.

Además, he descubierto que los Krampusse de esa región son diferentes a los de Salzburgo: en lugar de máscaras de madera y trajes llenos de pieles van vestidos de una manera más sencilla (o al menos, más “ligera”), ya que tanto sus máscaras como el traje en sí son de piel de oveja (o similar) y llevan aros colgando de todas partes. Lo único similar son los cencerros a la espalda… Éstos también llevan fustas con las que pegan a la gente que sale corriendo cuando les ve, pero tienen otra bonita costumbre que consiste en poner sus manos sobre las caras de la gente… manos que van llenas de pintura negra… con el consiguiente resultado cuando acarician a quien sea…

¡Costumbre nueva aprendida! Además reconozco haber pasado una tarde muy divertida y haber podido ver una ciudad muy bonita de otra manera, más que nada porque, hasta ahora, nunca la había visitado en Navidad.

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