… y comieron perdices.

Este fin de semana ha llegado, por fin, el día que todos estábamos esperando desde hacía ya tiempo: la boda del año. Y, tal como prometí al anunciarla, me tomé el día como experimento personal para poder contaros a todos cómo se celebra una boda de ciudadanos alemanes en Austria.

El autobús que los novios habían contratado para ahorrarnos a muchos tener que ir en coche nos recogió en el punto P a la hora H y nos llevó, una hora y media más tarde, al lugar elegido para la ceremonia y el banquete: una Alm. La traducción dice que eso es un “pasto de alta montaña”, pero en realidad es una especie de cabaña de tamaño variable en la que la gente que hace senderismo, por ejemplo, para a tomar un piscolabis o, como fue nuestro caso, a celebrar una boda. Desde el principio hasta el fin dentro de ese sitio, para ahorrarnos paseos y mojarnos. Porque… sí, al final llovió. Pero vayamos por partes…

En una boda típica por estos parajes, hay un señor que se encarga de organizar los sitios en que tendrá lugar el bodorrio en sí y el banquete; acude a casa de familiares y amigos a entregarles las invitaciones; recoge a todos la mañana del día de la boda y les lleva hasta la iglesia y ameniza la jornada entre hueco y hueco, para que no decaiga el ánimo. En la boda de este fin de semana no había presente ningún señor con tantas funciones, así que fueron las dos damas de honor que la novia había escogió las que se hicieron responsables de mantener las tradiciones.

Cuando bajamos del autobús, se acercaron a cada invitado con una cesta llena de esto que os enseño en la foto:

Blumenstrauß

Una mini florecita que fueron colocando con un alfiler a cada invitado en la solapa, ya fuera en la parte derecha (a los casados) o en la izquierda (a los solteros). Cuenta la tradición que, una vez que el invitado ha recibido su florecita, ya pertenece oficialmente a la celebración. Por lo visto, esto se hacía antiguamente para diferenciar a quienes acudían a la festividad desde por la mañana de quienes se incorporaban solamente por la noche, para la cena y el baile. Y no, no es porque algunos quisieran ahorrarse la ceremonia y otros no, sino porque algunos no podían ir por la mañana a la iglesia (porque tenían trabajos que hacer) o porque eran vecinos del pueblo no tan cercanos a la familia a quienes sólo se invitaba a la celebración.

Junto con este detalle se repartieron tres de estos por persona:

Es decir, tres mini tarjetitas para canjearlas por tres bebidas gratis.

El orden en el que se desarrollan los acontecimientos en una boda por estos lares es una de las cosas que más me han impresionado. También fue uno de los motivos que me llevaron a preguntar a quienes tenía alrededor (el cocinero alemán y otros familiares cercanos) prácticamente cada cinco minutos qué era eso que estaba pasando. Ahora entenderéis por qué.

Tras habérsenos repartido las florecitas y las tarjetas para tomar tres bebidas, entramos a la cabaña (que no era en absoluto pequeña) y nos sentamos en las cinco grandes mesas que había repartidas a lo largo de tres de las paredes de la estancia. En una de las esquinas de la misma, que tenía forma rectangular, se encontraba una mesita blanca con una silla a un lado (para el oficiante de la boda), dos sillas al lado contrario y varias más detrás de éstas, para damas de honor y padres. Consumimos algo tranquilamente y un rato después se nos avisó de que teníamos que girar las sillas y movernos de sitio, de tal manera que los familiares más cercanos a los novios se quedaran más próximos a la “mesa nupcial” (la voy a llamar así porque no se me ocurre cómo podría describirla).

Yo pensé para mí misma: pues en mi condición de “novia del primo de la novia” debería sentarme tal vez al fondo de la sala, y dejar a los tíos de los novios que se acerquen… Pero, por lo que fuera, nadie se movió. Y así, cuando giramos las sillas, yo me encontré sentada exactamente detrás de la madre de la novia. Casi en primera fila. De representante española, claro que sí. Y, sinceramente, menos mal que me quedé allí, porque así pude rescatar a la sufrida madre del mar de lágrimas en que se estaba ahogando, ya que la pobre solamente tenía un pañuelo a mano. ¡Mira que con lo grande que es esa familia, y que nadie cayera en el detalle de los pañuelos! En fin…

Otro dato curioso: esta gente no dice “sí, quiero”, sino tan sólo “sí”. La ceremonia en sí duró 15 minutos y 3 pañuelos de reloj, y a continuación salimos a la calle a tomar unos canapés que había preparado alguien de la familia. Dos niños fueron tirando flores a los novios hasta que salieron a la puerta, y una vez allí se formó una fila para que todos los invitados se acercaran uno por uno a cada uno de ellos y les dieran la enhorabuena. Se sirvió champán y zumo para los niños, se picoteó un poco y volvimos a entrar de nuevo a la sala donde estábamos antes.

A tomar café. Un chocolatito en mi caso. Le faltaron un par de churros al invento, pero tampoco los esperaba.

Mientras tanto, una de las dos damas de honor había tenido la original idea de organizar una serie de postales que repartió a cada pareja y familia para que escribieran algo bonito para los recién casados. Nos hizo volver a salir a la calle (muy inteligente por su parte, ya que ahí ya había empezado a llover), ató cada postal a un globo de helio con forma de corazón y los volvió a repartir a cada uno de los invitados, quienes formaron un pasillo por el que volvieron los novios de su sesión de fotos. Y, mientras ellos iban pasando por el centro, se soltaron todos los globos, con la intención de que, aquél que los encuentre, pueda enviarlos por correo a la dirección de la pareja y que así ellos reciban esos buenos deseos.

IMG_2058

Uno no voló.

De vuelta al interior, los novios procedieron a cortar la tarta. Así, sin cena ni nada de por medio. Yo ya pensaba que no nos iban a dar nada de comer y me estaba entrando hambre, así que pensé: a ver si pillo un cacho grande. Pues se podía coger un trozo lo grande que se quisiera de la tarta o de cualquiera de los otros 10 / 12 bollos y tartas que los invitados habían llevado por su propia cuenta y riesgo. ¡Los propios invitados llevando postres! Eso no me lo esperaba. Se sirvió un cafecito para acompañar los dulces y allí hicimos tiempo un rato. Yo me dediqué a hacerme “selfies” con la familia, para romper el hielo y para tener un recuerdo de aquellos a quienes ya conocía de antes, que fueron los únicos a quienes me atreví a pedir que se hicieran fotos conmigo. Nota mental: intercambiar fotos con una de las tías que no soltó la cámara en todo el día y seguro que captó muchas más cosas que yo.

Algunos minutos después, que por el hambre que yo empezaba a volver a tener y por la cantidad de bebidas que el resto de la mesa pidió en ese intervalo parecieron horas, nos hicieron pasar a otra sala de la cabaña (¿veis como era grande?) en la que a cada mesa habían asignado el nombre de una ciudad o un país: Berlín, Cuba, República Dominicana… En esta última nos sentamos los primos y parejas de la novia. Estábamos en el extremo completamente opuesto a la mesa de los novios, pero justo al lado de la pista de baile y del señor encargado de la música, y eso ya mereció la pena…

Ocupamos nuestros lugares. Pedimos algo de beber (que a partir de ese instante ya no hizo falta pagar) y esperamos… A que el “cantante-músico”, vestido también de tirolés como todos nosotros y acompañado de su acordeón y de no sé cuántos aparatos más invitara a los novios a realizar el primer baile. Y yo pensando: ¿que van a bailar ahora? ¿Otra vez nos van a dejar sin comer?

Pero no. Hubo un baile de los novios. Un segundo baile de los novios, acompañados por las damas de honor, padres y padrinos. Un tercer baile con no sé quién más. Y luego sirvieron una sopa, muy rica, por cierto. Tras la sopa hubo gente que siguió bailando, y posteriormente organizaron un buffet con un par de ensaladas, carne y tres tipos de guarniciones. Todo fueron platos típicos, pero bastante ricos. Más bailes. Y después de otros cuantos minutos, el postre, también preparado en el buffet. Ni café ni copa para acompañarlo, claro está, eso es más nuestro que austriaco / alemán.

Hasta ese momento yo venía observando al personal y pensaba: qué seria está esta gente. No se grita un “¡viva los novios”!, ni hablan más alto de lo normal, y los bailes son como muy tradicionales, yo esto no sé bailarlo ni nada… Verás tú qué rollo de noche. Sí, sí… eso creía yo…

Durante la cena, una de las féminas de mi mesa procedió a robarle el ramo de boda a la novia, otra tradición que consiste en lo siguiente: como una novia sin ramo por lo visto no es novia, tiene que acercarse al ladronzuelo y “re-comprar” su ramo, pagando aquello que el ladrón le pida. Además se regatea. Y no vale volver a robar el ramo. ¿Las reglas del juego están claras? Bien. Pues la re-compra del ramo acabó costando 10 jarras de agua del grifo y 8 botellas de vino. Y éramos, exactamente, 9 adultos en esa mesa, de los cuales 2 tenían que conducir.

¿Esto que quiere decir? Que tras dos vasos de vinillo, aquí la presente se animó a bailar y hasta se animó a hacerlo descalza. Suerte que nadie grabó ningún vídeo en ese momento.

Otra de las tradiciones que conocí este fin de semana es la del “robo de la novia”. Cuando ésta ha recuperado ya su ramo y pagado el precio que le han pedido por él, un hombre soltero tiene que bailar con la novia y aprovechar un despiste del novio para llevársela. Los alemanes se la llevan a otra sala del lugar en el que se encuentran, y los austriacos se la llevan a otro restaurante, directamente. Cuando se la roba hay un grupo de invitados que, tras haberse percatado del asunto, acompañan al ladrón y a la novia, se sientan con ellos, y se dedican a tomar más vinillos. Pero no de forma tranquila y disfrutando del sabor del vino, sino siguiendo la letra de una canción que dice algo así como: el que haya nacido en enero, que se beba todo el vaso, etc. etc. Ya se asegura alguien de que el vaso esté completamente lleno antes de empezar a cantar. Y la canción pasa por todos los meses. Después he averiguado que después de diciembre se rellenan de nuevo todos los vasos y se canta a la salud de un decimotercer mes en el que todos cumplen años y beben un segundo vaso entero, pero esta parte se la saltaron. Por suerte. Es divertido, aunque no lo parezca.

Un rato después aparece el novio por allí y, una vez ha encontrado a su mujer, tiene que re-comprarla, para lo cual paga todo el vinillo que la gente ha estado consumiendo (yo creo que de ahí viene lo de cantar y beber tan deprisa) y aquello que la mujer pida en concepto de rescate. Regatean de nuevo. Y el resultado suelen ser más botellas de vino, aunque la gente el otro día estaba también pidiendo chupitos y licores. Como eso ya no era tradicional, me retiré de nuevo a mi sesión de baile con primos y tíos.

Y poco más. Más bailes y más vinos hasta las 12 de la noche, hora oficial del fin de las bodas, y vuelta a casa con el autobús. Y hasta que le toque el turno a la próxima pareja.

Volví a casa habiendo conocido a miembros de la familia a los que aún no conocía y habiendo aprendido unas cuantas tradiciones nuevas, así que la próxima vez ya no me hará falta preguntar por qué ocurre todo de aquella manera y podré disfrutar en condiciones del evento.

¡Ah! Esperad… ¿que qué aspecto tengo yo con un traje típico, de esos que ya os he enseñado varias veces? Muy sencillo:

Yo_de_boda

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