Rock in Vienna. Prólogo

Bajo un sol abrasador y con la previsión de un fin de semana exageradamente caluroso, el Cocinero alemán y yo fuimos en compañía de un amigo a coger un tren en la estación central de Salzburgo. Destino: Westbahnhof, en Viena. Y ahora una pausa publicitaria para los interesados en realizar ese mismo trayecto: existe un tren que no depende de la compañía ÖBB (la que se encarga del sistema de trenes austriaco en general), sino de la Westbahn, que realiza cada hora durante todos los días de la semana el trayecto desde Salzburgo hasta Viena pasando por Linz (y viceversa) por un precio de entre 20/25 euros sólo ida. Ahí lo dejo.

Bajo un sol abrasador llegamos a Linz, donde se subió nuestro cuarto jinete, una persona que en su día no fue más que un compañero de trabajo, pero al que adoptamos rápidamente dentro de nuestro círculo de amistades nacionales. Entre partidita a las cartas y tonterías varias y múltiples, las dos horas y media que dura ese trayecto (en total) se nos pasaron volando y allí nos plantamos, cual turistas disfrazados de rockeros, en Viena.

El encargado de organizar el alojamiento (que no había sido yo) llevaba un plano del lugar impreso en papel, gracias al cual (o por culpa del cual) perdimos casi una hora dando vueltas para encontrar una calle que resultó estar exactamente detrás de la estación de trenes. Y, por supuesto, en sentido contrario al que estábamos andando. Y eso tan sólo después de que a mi bonita cabeza pensante se le ocurriera buscar un mapa por internet. Cuatro móviles, cuatro adultos, y sólo a la mujer del grupo se le ocurren estas ideas. Para que luego digan que no tenemos orientación.

Delante del hostal al que nos dirigíamos nos estaba esperando nuestro quinto compañero, llegado en moto desde el otro lado de la frontera, y al cual también le llevó su tiempo conseguir que el gps dejara de marearle dentro de Viena. Está claro que la orientación no fue nuestro punto fuerte aquel día.

Ahora os voy a revelar un pequeño secreto: yo no soy muy amiga de los hostales. No me hace gracia la idea de compartir la habitación con desconocidos, de tener que ducharme donde otros posibles guarros lo han hecho antes que yo y de tener que dejar mis cosas en vete tú a saber qué condiciones de habitación. Sí, lo sé, soy muy tiquismiquis para eso. Sin embargo, la experiencia de este fin de semana me ha enseñado un ejemplo de todo lo contrario, y os voy a revelar el nombre de tan bonito sitio por si a alguien le interesa probar: el hostal se llama Hostel Ruthensteiner, y entre otros millones de cosas tiene cocina, lavandería, sala común con libros y bar abierto por las noches frente a un piano que puede tocar cualquiera que quiera, un jardín enorme, recepción abierta las 24 horas del día… No se me ocurre cómo resumir lo mucho que me impresionó este sitio (para bien) salvo enseñándoos una de las cosas que más me gustó del hostal:

2015-06-05 13.40.54¡Un ajedrez gigante! ¡Con piezas que llegan a la altura de las rodillas! ¡Y además gané yo la única partida que jugamos! ¡Bien!

En fin, una vez acomodados (los cinco) en una misma habitación, nos encaminamos hacia la Donauinsel, que es una especie de islilla en medio del Danubio a la que los vieneses van a pasear y a montar en bici los días de buen tiempo. Pues justo allí es donde se organizaba el festival.

He de confesar que el primer día fue bastante catastrófico. Haré un breve inciso aclaratorio para quien no haya estado nunca en un festival de este tipo o no sepa cómo funcionan. Uno se compra la entrada, pero con ella no se accede directamente al recinto, sino que la primera vez que se va, se debe presentar la misma, a la que le cortan un trocito o la marcan de la manera que sea, y a cambio se recibe una pulserita de tela que se cierra en torno a la muñeca y que no hay manera de quitar a no ser que sea cortándola. Éso es lo único que hay que enseñar cada día a la entrada del festival, nada más de llevar consigo la entrada, que es algo que se rompe, moja o pierde fácilmente.

En el Rock am Ring del año pasado, por ejemplo, colocaron una serie de carpas en los lugares de acampada para que la gente pudiera conseguir la pulserita antes incluso de entrar en el recinto de los conciertos. Y ahí es donde creo que se produjo la catástrofe en Viena: las pulseritas se recogían sólo a la entrada al recinto. Así hubo las colas que hubo, de nuevo bajo un sol abrasador, y acompañadas por empujones, insultos y saltos por encima de las vallas para llegar un poco antes a por la pulserita. Por suerte, los siguientes días nos ahorramos las colas.

Al margen de eso, nada más que criticar.

Una vez conseguida nuestra pulserita, pasamos por entre el personal de seguridad, que fueron cacheando a todos de uno en uno; por delante de una fila enorme de coches y furgonetas de policía custodiados por un número mayor de agentes y, tras haber hecho un descanso a la altura del retrete y habernos refrescado un poco, fuimos a ver qué se cocía por allí.

No había tanta gente como yo esperaba, ya que en comparación con el Rock am Ring es un festival mucho más pequeño (y además nuevo) pero sí había buen ambiente. Al fondo se encontraban los dos escenarios, que en este caso habían instalado uno junto al otro. Inconveniente: si la gente se te acumula delante y no quiere moverse, no hay manera de acercarte a cualquiera de los dos escenarios. Ventaja: puesto que cada grupo tocaba de forma alternativa en uno u otro, podías colocarte delante (o donde quisieras) sin necesidad de tener que elegir a quién querías ver y a quién no, podías verlos a todos. Y he de decir que, además, nos resultó bastante fácil pasar a la parte de delante, que es esa que se suele llenar enseguida y que en determinado momento se cierra para evitar aglomeraciones. Que ni siquiera las hubo, por cierto. Y lo bueno que tiene ponerse tan cerca de los escenarios es que se ve a los grupos realmente en directo, y no a través de las pantallas gigantes colocadas a los lados de los mismos. Ya veréis, ya…

¿Qué se hace dentro de un recinto de estos cuando hay un festival? Buscar bebida. A ser posible con alcohol, porque es más barata que la bebida sin alcohol. Hablar con unos y con otros. Hacer un par de fotos. Sentarte a la sombra mientras llega el momento en que empiecen a tocar los grupos que a ti te interesan. ¿Y cuando va a llegar ese momento? Levantarte del rincón donde te estás empezando a quedar dormido para buscar un buen sitio.

Empieza el espectáculo…

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