Doctor, doctor, please

En Austria no existe una única seguridad social, sino varias “cajas” de salud, a la cual uno se afilia automáticamente por parte de la primera empresa que le contrata. Es decir, yo en su día no decidí a cuál de todas ellas quería pertenecer, sino que fue mi primera empresa la que, tras varios errores garrafales por su parte, me dio de alta en una de las “seguridades sociales” de Salzburgo. Porque, esa es otra, aquí cada región tiene la suya propia.

¿Qué significa todo eso? Que puedo ir al médico que yo quiera, pero si quiero abstenerme de pagar, tengo que mirar si el médico en concreto al que yo quiero acudir está “afiliado” o relacionado de alguna manera con la seguridad social a la que yo pertenezco; en caso contrario, recibo una factura y me toca acudir después con ella a mi seguridad social para que me devuelvan el dinero. Lo bueno de esta historia es que existe una página web llamada DocFinder a través de la que se puede encontrar el tipo de médico en concreto que nos interese según la región en la que nos encontremos y – nota importante – además de los datos de contacto y las horas de consulta se nos informa sobre qué “cajas” de salud permiten que se le visite gratis. Un lío.

El caso es que, por desgracia para mí, soy una persona a la que le gusta demasiado comer dulces. ¿Y cuál es la conclusión obvia de ese problema? Que me salen caries.

Puesto que ya tengo experiencia en ese aspecto, llevaba ya desde el mes de enero pensando que un dolor de muelas que me acosaba repetidamente no era más que otra de esas maravillosas molestias que ya he tenido, pero me estaba absteniendo de ir al dentista por dos motivos: primero, me gusta ir sólo al que ya conozco, y, segundo, en los alrededores de la zona donde me encuentro no hay muchos médicos, cuanto menos dentistas, y menos aún de aquellos que yo pueda visitar sin necesidad de pagar, por lo que os comentaba al principio.

Así que, puesto que tenía que sacar la cartera, decidí visitar a un profesional recomendado directamente por mi suegro. Ya puestos, que quede todo en familia.

Fue de esta manera como, hace ya dos semanas, se produjo mi primera visita a un dentista no austriaco, sino alemán. Del otro lado de la frontera. Me sorprendió, en primer lugar, que no hubiera un rótulo gigante fuera del edificio para anunciar dónde se encontraba la consulta, sino que se tratara simplemente de un pequeño nombre a la altura de la tecla del telefonillo del piso donde el dentista está ubicado. Tras subir no recuerdo ya cuántas escaleras, me llevé mi segunda sorpresa: no olía a dentista. No como los dentistas españoles, que cuando uno entra en la recepción ya le viene ese bofetón de aire cargado de desinfectantes y productos varios; no. No olía a absolutamente nada.

Tras rellenar un formulario con mis datos y sentarme en una sala de espera rodeada de revistas, plantas y una televisión que anunciaba todos los tratamientos sobre los que se puede pedir consejo a “tu dentista de confianza”, me hicieron pasar ya a la sala de consulta. Dentro no observé muchas más cosas de las que hubiera podido ver en cualquier dentista cercano a casa, salvo, eso sí, que junto a la camilla para el paciente había una silla; supongo que sería para algún visitante ocasional o para las madres de las criaturas. Quién sabe. Miré largo y tendido a través de la ventana y del balcón al que daba la misma, disfrutando del sol sobre las pocas hojas que había en los árboles, y al rato vino el dentista.

Me tocó, como de costumbre, resumirle brevemente mi vida: soy española, vivo en Austria desde hace dos años y bla bla bla. Lo de siempre. Que qué bien hablo alemán. No, tonto, tú más. Y después de una inspección visual y dos radiografías, el resultado del examen fue: no hay caries. Hay sensibilidad en un nervio.

Y por esa broma me ha llegado esta semana ya la factura: 23 euros. Yo pensé que sería más cara, sinceramente. ¡Ah! ¿Que por qué “me ha llegado”? Pues porque aquí se fían de la gente que en España, y en lugar de pagar yo la consulta en mano, allí, en el momento, me mandan la factura por correo con un número de cuenta en el que poder hacer el ingreso en el plazo de 30 días. Y con ese mismo recibo es con el que tengo que ir a mi “seguridad social” a que me devuelvan no sé qué porcentaje de lo que yo he pagado.

Todo eso, por una sensibilidad en el nervio. Al menos me quedo con la tranquilidad de que no hay que operar. Y ya he aprendido algo más sobre la sanidad fronteriza.

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