La teoría del buffet libre

Desde que llegué a Austria he estado elaborando una teoría puramente empírica, carente por completo de cualquier base científica. No puedo decir que se trate de una teoría sociológica porque por desgracia carezco de conocimientos en esa materia, pero es una teoría al fin y al cabo.

Esta teoría explica el comportamiento del ser humano ante un buffet libre, uno de esos en los que hay múltiples opciones donde elegir y donde casi todo tiene muy buena pinta… Pero va más allá de las pautas de alimentación de la media de la población. Mi teoría se basa en una serie de leyes prácticamente universales que he observado en cada uno de los hoteles en los que he trabajado hasta ahora y está protagonizada por infinidad de individuos de nacionalidades muy dispares.

La llamaremos “teoría del buffet libre”. Comienza con una persona que entra en el restaurante, da un paseo alrededor de lo expuesto, observa, otea… hace alguna que otra foto incluso, si la apariencia de aquello que ve le llama la atención… Y procede…

La ley del “miedo a la unidad”.

Supongamos que un sujeto accede al buffet. Imaginemos que hay dos pilas de, por ejemplo, platos, que diferenciaremos aquí como A y B. Pongamos que, por casualidades de la vida, en la pila A solamente queda un plato. El sujeto se acerca, sigiloso. ¿Y qué hace? Coger un plato de la pila B. Para que no se gaste el otro.

¿Y todo eso por qué? Yo creo que es porque al ser humano le da miedo la soledad, y proyecta ese sentimiento en lo primero que pilla, como pueden ser, en este caso, los platos. “Pobre plato, si lo cojo habrá una ausencia de elementos en ese lugar, mejor cojo otro”. Y luego llego yo, que estaba observando atentamente la escena desde detrás de una columna, coloco el último plato de la pila A en lo alto de la pila B (sólo para ver qué pasa) y la gente se lanza a por él. Es decir, no estaba sucio, ni estaba marginado, ni tenía nada dentro. Es el lugar donde se encuentra y el hecho de que estuviera solo el motivo por el cual a la gente le da miedo cogerlo.

La ley del “redecora tu buffet”.

Esta ley dice que, habiendo suficientes platos, cucharas o cualquier otro elemento de la vajilla común distribuido por todo el buffet, es mucho más interesante, tal vez incluso estimulante, coger lo primero que uno se encuentre y colocarlo en cualquier otro sitio, allí donde a cada uno le pille de paso o donde, según el buen entender de cada individuo, quede más bonito.

Así, se pueden encontrar vasos sucios en cualquier esquina, cestitas llenas de pan olvidadas delante de la leche, zumo de naranja dentro de una tetera, o platos llenos de salsa cuando lo que uno quería coger era una sopa. A pesar de nuestros empeños por ponerle nombres y fotos a todo. Y se trata sólo de ejemplos aleatorios.

En cualquier caso, se trata de un ejercicio de redecoración que ofrece infinitas posibilidades cada día.

La ley del “cuando crees que (no) me ves”.

Hay dos cosas que yo reparto todas las mañanas: sonrisas a diestro y siniestro y platos, muchos platos, platos por todas partes. Por las noches las sonrisas se mantienen pero los platos se reducen; aún así, intento mantener un equilibrio interno y los reparto estratégicamente.

Pues si por la mañana se negaban a coger el último plato de la pila A, lo que suelen hacer (sobre todo por la noche, aunque hay quien empieza antes de tiempo) es coger platos que hay colocados para soportar algo al día siguiente, o cucharas que deberán ser utilizadas para no tocar alimentos con la mano. “Que no, que hay cucharas suficientes un metro más a la izquierda, podéis coger esas” – dice mi subconsciente. “O preguntadme, que para eso estoy aquí delante de vosotros y no hay absolutamente nadie más en cinco metros a la redonda”. Pues no. Ni con esas, oye. La primera cuchara que encuentren, ésa será la ganadora.

A veces esta ley se proyecta en una versión real del juego de buscar las 7 diferencias entre dos imágenes. “Veamos… sé que aquí van 4 platos y allí 10 cucharas… hace 10 minutos estaba todo… ahora noto que falta algo…” Y juego conmigo misma a ver si bato mis propios récords a la hora de retocar todo aquello que ya tenía hecho.

La ley del “uy”.

Érase una vez una máquina para cocer huevos, que cada cual podía utilizar libremente. A su lado, evidentemente, había una cesta con huevos. Huevos crudos. Con un cartel a su lado escrito en tres idiomas, donde se indica cuánto tiempo hay que dejar cocer los huevos para que queden más o menos duros, a gusto del consumidor.

Érase una vez una señora… o más bien, más de una y más de dos… que llegó, cogió el huevo, y se lo llevó. Tal cual. O, en su versión express, encontramos al señor que trató de abrir allí mismo el huevo que creía que ya estaba cocido. “Uy”. De ahí el nombre de la ley.

Del estropicio resultante derivan dos versiones de “uy”: el “uy mental”, que es aquel que protagoniza quien rompe el huevo, huye vilmente y deja el desastre a la vista de todo el mundo… menos a la tuya, ya que estás “re-redecorando el buffet” y tardas algo de tiempo en reaccionar; y el “uy verbal”, que consiste en aquel menor número de casos en los que el asesino de huevos se te acerca y te dice: “se me ha roto un huevo allí, uy, lo siento”. No, no, no “se te ha roto”. Habla con propiedad. Lo has roto tú, asúmelo. Porque es demasiado temprano para leer carteles, si ya lo sé, pero no me hagas esto ahora, por favor. Pero bueno… gracias por avisar. Eso te honra.

La ley del “hoy no me puedo levantar”.

Estrechamente relacionada con la anterior, esta ley dice que en el momento en el que una persona rompe un huevo, vierte el contenido de un vaso al suelo o deja caer cualquier alimento en cualquier parte, aparece otra que se dirige a ti, te mira fijamente, señala con el dedo el lugar del crimen y te dice: “limpia aquello, está sucio”. En cualquiera de sus variantes, sean éstas más o menos amables.

Si no es que no quiera limpiarlo, es que no lo he visto. Ahora bien, yo no me levanto en vacaciones con tantas ganas de ser tiquismiquis e ir mirando, como le pasó una vez a una señora característica de esta ley, dónde había gotas de zumo para luego ir a quejarme… Pero bueno… gracias por avisar.

La ley del “pues yo más”.

Ésta se reproduce sobre todo por las noches. Los buffets matinales son siempre iguales, así que cada uno ya sabe lo que desayuna y dónde puede conseguir cada una de esas cosas. Normalmente.

Sin embargo, cuando uno se encuentra ante un buffet de ensaladas, de postres, de quesos, o de lo que sea, y lo observa por primera vez en su vida o en sus vacaciones de este año…

Mi madre me decía de pequeña que yo comía con los ojos. Pues por lo visto no soy la única. ¡Anda que no es divertido llenarse los platos de comida y de salsas y de lechuga y rúcula y cualquier otra cosa verde que sirva de decoración! Y ya puestos, cojo un poco de aquí… y otro poco de allá… y de nuevo un poco más de lo del principio, que sé que me va a gustar y no me apetece levantarme otra vez a por más… Y al final, cuando uno se pone a comer, descubre que no tiene tanta hambre y la mitad de la montaña de comida que ha organizado vuelve a la cocina… y se tira.

Sí, señores, en los hoteles se tiran KILOS de comida cada día, y no siempre son los huesos de las alitas de pollo o las raspas de los pescados; son alimentos que la gente no ha comido, que la gente prácticamente no ha tocado, pero que por el simple hecho de haber abandonado el buffet y haber estado presentes en una mesa deben tirarse, porque nadie sabe ni quiere saber qué ha sido de ellos delante del cliente. Moraleja: coged por favor sólo lo que vayáis a comer. Como diría mi jefa: “que hay muchos niños pasando hambre en el mundo”.

La ley del “allá donde tú vayas”, también conocida como “donde va Vicente…”.

Parece que hay quienes piensan: “yo voy contigo, allá donde tú vayas”. ¿Qué quiere decir eso? Que en el momento en el que te acercas a un armario a sacar platos… o a coger más vasos para colocarlos al lado de los zumos… o que vas rápidamente a la cocina a cambiar una fuente de yogur que está vacía por otra nueva… Justo en ese momento, no podía ser en otro, hay alguien que, a pesar de la enorme variedad de productos que tiene enfrente, y a pesar de que va a coger más cosas para comer (porque lo sabes, llevas viéndole unos cuantos días repetir la misma operación cada mañana) se acerca al lugar donde tú estás y quiere aquello que hay allí. Y tú tienes que esperar a sacar los platos, a coger los vasos, o tienes que ir corriendo con las fuentes de yogur de un lado a otro porque quieren precisamente aquello con lo que tú estás ocupada.

Al comienzo de mi estudio pensé que era pura casualidad, pero ya he comprobado repetidamente que es habitual que la gente vaya a ti cuando estás organizando cosas. No te hablan. No te dan los buenos días. Sólo quieren aquello que tienes entre manos. Aunque luego olviden el plato en la otra punta del restaurante.


Pues bien queridos, hasta aquí los resultados del estudio, fruto a su vez de muchas horas de observación durante el trabajo. A lo mejor es que me aburro, no lo sé.

Os invitaría a que, si tenéis tiempo y ganas de reíros un rato, tratéis de observar estos comportamientos en vuestro entorno (o durante vuestras vacaciones) y me contarais qué veis, o incluso si descubrís algo que yo no haya visto aún…

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4 comentarios en “La teoría del buffet libre

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