A Belén pastores

Ahora que la navidad ya ha pasado y que la decoración navideña del hotel ha desaparecido casi por completo, me gustaría confesar que estas han sido las mejores fiestas desde que llegué a Austria. ¿Y por qué? Pues por todo lo siguiente:

El día 9 de diciembre, los jefes organizaron una especie de fiestecilla para todo el personal, a partir de las 21:30. Yo pensé: “me da a mí que la cocina y el restaurante no irán a la fiesta, porque a esas horas no acabamos de trabajar nunca jamás”. Sin embargo, aquel día se les repartió a los Gäste (a los huéspedes del hotel) durante el desayuno un papelito en el que se les avisaba de la susodicha celebración, y se les pedía amablemente que vinieran a cenar antes de lo normal. Por la experiencia que tengo con este tipo de peticiones, siempre hay alguno al que no le da la gana respetar ciertas cosas y viene a cenar a la hora que a él / ella le parece conveniente. Pues, extrañamente, sólo hubo dos personas que no tuvieron en cuenta las instrucciones del papelito y cenaron relativamente más tarde que los demás y, aún así, a las 21:45 ya habíamos terminado y pudimos participar del evento.

Se nos reservó una sala para nosotros, se repartieron por todas las mesas bandejas con mandarinas, nueces y aperitivos varios y la bebida corrió gratis, por cuenta de la casa. Hubo quien se aprovechó de ello, todo sea dicho. Pero fue un momento muy distendido, muy navideño, en el que se olvidaron los roces de los unos con los otros, se redujo la cantidad de veces que se critica al prójimo y se brindó por unas navidades llenas de paz y amor y bla bla bla. Además, recibimos el primer regalo de parte de nuestros jefes: unos cuantos cheques descuento por valor de 50 euros por persona para gastar en cualquier negocio de un pueblo cercano a éste… que nosotros gastamos en ir a cenar cuando volvimos de ver los saltos de esquí. El segundo de esos regalos lo recibimos el 25 de diciembre, y consistió en una cajita de bombones por persona. En agradecimiento porque la cena del 24 de diciembre se desarrolló muy bien. Pues oye, bienvenidos sean.

El 24 de diciembre, la cena en cuestión funcionó bastante bien y relativamente deprisa, teniendo en cuenta la cantidad de gente que había y la cantidad de platos que se les sirvieron. Ello no impidió que acabáramos de trabajar a las 11 de la noche, ya que tardamos bastante más de lo debido en recoger todo. Y a partir de ahí fue cuando empezó nuestra fiesta particular, es decir, del Cocinero alemán, mía, y de dos compañeros más, a los que invitamos a nuestra habitación para compensar la falta de familia en las cercanías. Abrimos una botella de vino, varias cervezas, unas cuantas bolsas de patatas y, lo más importante: aceitunas con relleno de anchoas, de esas que tanto me gustan a mí. Y triunfaron. Lo sabía. Y después vino el Christkind y nos trajo algunos regalos, algo típico por aquí.

El 31 de diciembre se extendió un poco más la cosa. Tanto, que casi no llegamos a tiempo. Bueno, yo, al menos. Al resto de la gente parecía importarle poco a qué hora acabásemos de trabajar, ya que su única cita posterior era asomarse al balcón con una copa de champán (o de lo que fuera) en la mano para ver los fuegos artificiales. Pero, ¡ah! yo había preparado algo diferente esta vez: aprovechando que el Cocinero alemán tenía que trabajar también de noche, ya que a los Gäste se les montó un buffet nocturno para que siguieran comiendo como si no hubiera un mañana, yo me dije a mí misma, y le dije también a mi familia: ¿por qué no vernos por skype y así nos comemos las uvas juntos? Y así se hizo.

Viendo las campanadas por internet

Viendo las campanadas por internet

Allí me senté yo, delante del ordenador mirando fijamente el reflejo de la capa de Ramón García a través de la televisión de casa en España, con mi latita de 12 uvas ya preparadas, sin pipas, sin piel, y con sabor a aceitunas. Aunque en realidad no había 12, sino 11… Fue una experiencia curiosa donde las haya. Después brindamos a través de la distancia; mi familia con champán y yo con un licor de orujo muy rico que ellos mismos me habían mandado hacía ya tiempo. Y a una hora tan decente como son casi las 2 de la mañana, nos fuimos a dormir.

Añadamos a esto una serie de regalos comestibles que repartieron libremente algunas personas por el hotel, con la excusa de que dan buena suerte:

Comida que da suerte

Comida que da suerte

… ya ya tenemos parte de la navidad completa.

Pocos días después llegaron los Reyes Magos, literalmente:

Reyes Magos de Playmobil

Reyes Magos de Playmobil

… que, como saben que me gusta mezclar tradiciones, aprovecharon que yo este año había instalado un belén decorativo, y vinieron a verme. Y ya de paso se trajeron a unos amigos suyos de chocolate (que a día de hoy ya no existen) y a unos cuantos amigos más de los huevos de chocolate con sorpresa en su interior. Y me volvieron a traer regalos, en este caso de España.

El día 7 desmontamos nuestro bonito árbol…

Árbol de navidad

Árbol de navidad

… que este año se instaló accidentalmente delante de parte de la colección de banderas futbolísticas del Cocinero alemán, y lo tiramos. No diré dónde.

Y hasta esta semana, la decoradora del hotel ha ido descolgando las bolitas y ha cambiado los angelitos y muñecos de nieve por ciervos y otras muchas cosas que lo único que hacen es ocupar espacio y coger polvo. Pero quedan muy bonitas.

Así que, ahora sí, ha acabado oficialmente la navidad. Ha sido bonita, pero menos mal que no se ha alargado más.

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