Digan lo que digan los demás

M. S. entró el martes por la puerta de atrás. Por la misma por la que entramos todos, básicamente. Llegó acompañado de tres de sus secuaces, a los que se sumaron nuestros cocineros habituales y otros cuantos que vienen de vez en cuando a ayudar. En total, creo que fueron unos 12 organizando el asunto.

Al final resultó que este señor es relativamente más campechano de lo que todos (los nuevos) esperábamos. Los que ya le conocían de los años anteriores saben cómo es y bromean con él como si le conocieran de toda la vida. Pero nosotros habíamos oído hablar tanto de él, que parecía que íbamos a recibir a un señor rodeado de un aura divina al que no se podía tocar y al que se le debía hablar de usted y solamente lo justo y necesario… y nada de eso. Es un tío accesible, pero se nota que es más figura publicitaria que cocinero. En total, este hotel se gastó una cantidad de cinco cifras en hacerle la compra para dos días, y, por lo que me han chivado, no cocinó demasiado, sino que se dedicó a controlar que todos hicieran lo que él quería tal como él lo quería.

A la hora de preparar los platos durante la cena, colocó a 7 personas en fila para que cada uno pusiera una cosa encima de cada plato, procurando que todos quedaran igual. De hecho, hubo momentos en que uno de los cocineros simplemente tenía que mover el plato desde su izquierda hasta su derecha para que el resto no tuviera que realizar más movimientos de los necesarios. Demasiada monería para mi gusto. Y también para el resultado final: los cocineros no alaban precisamente la presentación de los platos, y los clientes ya han comentado que, cuando no está este señor, todo tiene un aspecto mucho más bonito. Respecto al sabor, poca diferencia.

Peeeeeero… No deja de ser el gran M. S. y, por mucho que ahora digan, el número de clientes que tenemos esta semana se triplicó las noches del martes y del jueves. Y eso, teniendo en cuenta que el precio del menú completo, con bebidas incluidas, ascendió a 125 euros el martes y a 150 el jueves… por persona… En fin… Ello me lleva a demostrar mi teoría de que esto será un pueblo, sí, pero la gente tiene dinero. O ahorra mucho para estas cosas porque quiere estar presente en aquellos eventos a los que acude, precisamente, todo el vecindario.

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Aspecto de las mesas el martes, con decoración a juego con los trajes que nos compraron para estrenar expresamente ese día

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Aspecto de las mesas el jueves

Para el gran evento se preparó todo el restaurante a conciencia. Se tuvo que limpiar todo mucho más a fondo que el resto de días, se cambió la mantelería, la vajilla no (porque solamente tenemos una, la de plata), se decoró todo de forma especial… Y se nos advirtió de que tuviéramos un cuidado especial en las zonas en las que estaban sentados los vecinos del pueblo, que son quienes más pagaron aquellos días y quienes más podían criticar. En el ambiente flotaba la necesidad de tenerles contentos y, sobre todo, de no darles motivos para hablar mal del hotel.

Ver y ser visto, y que hablen de uno y se hable de quién ha estado y quién no ha estado. A eso se reduce todo. Bienvenidos a la alta sociedad aristocrática del siglo XIX, sólo que a nivel de pueblo alpino tras el cambio de milenio.

A pesar de que esos dos días tuvieron más horas que el resto de la semana, fueron dos noches muy bonitas en las que todo funcionó a la perfección y todo el mundo quedó satisfecho con la parte que le correspondía. Por suerte o por desgracia no se repetirá un evento de estas características hasta Navidad, pero siempre nos quedarán los cientos de fotos que mi jefa hizo y colgó en el perfil que el hotel tiene en el caralibro. Ver y ser visto…

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