Cita

Diario de “el resplandor”. Día 3.

Querido diario,

Este próximo sábado tendré mi primera cita a ciegas para aprender a bailar los bailes típicos tiroleses, que ni siquiera sé cómo se llaman. O, al menos, uno de ellos que se practica en pareja.

¡Uy, espera! ¡Cuántas novedades en tan sólo dos líneas! Mejor me explico con más calma…

Hace varias semanas se celebró tres pueblos más allá una fiesta popular en esta región y, aprovechando que por aquí no hay muchas más ofertas de ocio y tiempo libre fuera del senderismo y el esquí, decidí apuntarme al sarao. Llegamos cuando el grueso de la fiesta ya estaba en plena decadencia, el suelo lleno de cerveza y los bancos pringosos, pero aún nos dio tiempo a ver a un grupo local interpretando el típico “jodeln”, ese canto en el que se alternan tonos muy altos y muy bajos… el típico yoliru jijú, que diría más de uno que yo me sé. Y, acompañando a los cánticos, había gente bailando. Al principio me dio la impresión de que cada cual se movía como le daba la gana, pero tras observar atentamente un buen rato, me di cuenta de que todo aquello tenía su secuencia interna: se agarraban, daban varias vueltas sobre sí mismos y se desplazaban en varias direcciones, se soltaban, zapateaban, volvían a agarrarse… Todo ello mucho más deprisa de lo que me daba tiempo a asimilar.

Aprovechando entonces la presencia de una compañera de este hotel entre aquellas pocas personas que aún tenían la valentía o el estado de embriaguez necesario como para ser capaces de seguir bailando aquello pasada la medianoche, me acerqué a ella y le dije que me había gustado mucho como bailaba, que me parecía muy interesante cómo conseguían hacer todo aquello tan deprisa sin tropezarse ni caerse. Ella, en su estado de alegría ligeramente alcoholizada, me propuso enseñarme a hacer aquello antes de que llegara el Oktoberfest. ¿A quién, a mí? ¿Que parezco un palo moviéndose cuando intento bailar? ¿Que procuro esconderme detrás de la gente para que nadie vea que no quiero bailar, o que no lo hago ni bien ni de buena gana salvo que ya haya un determinado nivel de alcohol dentro de mi sangre? Pues ni corta ni perezosa, le dije que me parecía una idea estupenda. Que estaría encantada de aprender aquel baile.

Al día siguiente me di cuenta de una verdad inherente al género humano: “los borrachos siempre dicen la verdad”. Y no sólo eso, sino que algunos se acuerdan de ella: mi compañera se acordaba de sus palabras de la noche anterior, y mantuvo su palabra de enseñarme a bailar.

Ahora nos encontramos, querido diario, al inicio de la semana en la cual se celebra el Oktoberfest en esta región del mundo. Al parecer los vecinos de la zona han pensado que, como Munich (lugar donde tiene lugar esa fiesta de la cerveza, conocida al parecer en todo el mundo) nos nos pilla muy de paso, mejor nos ahorramos las tres horas de camino que hay hasta allí y celebramos aquí año tras año nuestra propia réplica. ¿Por qué no?

Y, en este contexto, la promesa de mi compañera se ha hecho realidad: ya nos hemos puesto de acuerdo para ir las dos en compañía hasta el recinto del festival el próximo sábado, donde nos encontraremos con un amigo suyo carpintero / ebanista, que vive en el pueblo de al lado, y que será el encargado de transmitirme los secretos ancestrales ocultos detrás de ese baile.

¿A que mola? Pues no lo sé, pero ilusión me hace y bastante. Y lo importante es que, aunque no aprenda a bailar, me podré poner mi Dirndl de los domingos y me habré apuntado a otro de los pocos saraos que hay por aquí. Todo sea por eso.

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