Carnaval te quiero

Al igual que ocurrió el año pasado, ayer se repitió la fiesta grande del pueblo… en martes. Pero en este caso la temática varió un poquito…

Mi mañana consistió en un montón de horas que aproveché para dormir, que falta me hacía después del medio mes que llevaba madrugando religiosamente cada mañana. Cuando decidí salir de mi aislamiento particular, me encontré con esta imagen:

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Y pensé: ¿y esa quién es? ¿Por qué tenemos una nueva compañera? Al acercarme descubrí la triste realidad: el Camarero había sacado a relucir su lado femenino… Y la dejó salir todo el día… Y se le dio bastante bien, todo sea dicho.

Desayuné, a lo español, casi a las 12 y entre los manjares que me metí entre pecho y espalda se encontraba un bonito, tierno y jugoso Krapfen:

Krapfen

Krapfen

Al que también llaman Berliner o berlinesa. O, lo que es lo mismo, un bollito relleno de mermelada de melocotón, cuya vida duró escasos minutos. O segundos, si se me quiere acusar de gula. Lo acepto.

El ambiente general era bastante festivo, para qué negarlo. Todos, salvo el cocinero turco, estaban de muy buen humor… algunos relativamente influenciados por el alcohol, otros menos… Se notaba que iba a haber fiesta. Y este año sucedió lo que tantas veces había visto yo en España: a los hombres (o a la mayoría de ellos) parece que les gusta que llegue este día para disfrazarse de mujeres. Y si puede ser en versión guarrilla, mejor. Los del bar de enfrente: de cabareteras, con medias de rejilla y toda la parafernalia. Unos cuantos compañeros: con Dirndl, picardías y otras piezas de ropa interior sin gran cosa debajo. Pelucones. Muchos. Y todo ello ante la atónita y bastante disgustada mirada del cocinero turco, quien se negó a dirigirle la palabra a ninguno de todos los hombres disfrazados de mujer (que eran casi todos). ¿Molestia ante la elevada tasa de alcohol implícita? ¿Casualidad? ¿Cultura? No lo sé. Aún no ha hecho declaraciones.

¿Y yo? Yo no soy muy amiga de los disfraces, la verdad. De pequeña me vestía como ordenaban en el colegio, pero no sin algún que otro berrinche. Así que, por llevarme la contraria, cogí cuatro cosas que ya tenía en el armario, me compré un par de colgajos y ala:

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Árbol de navidad de las tinieblas con gafas de sol en plena noche. Claro que sí. Aunque mi intención original era disfrazarme de una rockera cualquiera. Así es la vida, no puede uno controlar la cantidad de adornos que se coloca.

El resto de fotos del gran evento se mantendrán bajo secreto de sumario, aunque sólo sea por respeto a la dignidad de las personas que aparecen en ellas. Ni borrando todas las caras podría arreglarse ese desastre… Así que espero que este relato sirva para que los niños entiendan que el alcohol no es divertido y que mezclarlo con carnaval no lo hace más interesante. Ale, a dormir todos.

 

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