Síndrome de Estocolmo

En agosto de 1973 se produjo un secuestro en Estocolmo que duró varios días durante los cuales los rehenes parecieron sentirse seguros con sus captores, lo cual les llevó a no testificar contra ellos durante el juicio. O eso dice la revista Muy Interesante. De ahí procede el síndrome de Estocolmo.

Creo que tengo un poco de eso. O a lo mejor es que aún no entiendo lo que ha pasado esta semana, por ser la cosa más rara que me ha pasado en mi vida…

LUNES

Voy a trabajar en mi jornada habitual, de 6 a 16. En realidad digamos que empiezo, como siempre, media hora antes, por si acaso no me da tiempo suficiente a preparar todo. Así luego nadie puede protestar. Por la tarde hago mis maletas.

MARTES

Día libre número 1. Bajo al banco. Cambio la dirección de mi cuenta. Voy al ayuntamiento a preguntar si me tengo que dar de baja aquí y darme de alta en Salzburgo. Me dicen que no, que si me registro en Salzburgo indicando la dirección antigua se me da de baja automáticamente en este registro. Hago unas compras de última hora. Me despido del Argentino y de su familia.

MIÉRCOLES

Día libre número 2. Mis suegros vienen a recogerme a mí y a mis dos maletones para ir a Salzburgo en coche. Llegamos a Salzburgo.

El caos se apodera de la situación. La señora del hotel es muy maja, eso no lo puedo negar, pero de lo que me dijo en la entrevista a lo que veo y a lo que me dice que va a pasar, no hay nada que tenga que ver salvo el hecho de que todo gira en torno al mismo hotel, aunque parezca otro completamente distinto. Conclusión: ya no trabajo en Salzburgo. La ilusión ha durado ¿cuánto? ¿Dos semanas? Pues nada. Vuelta a empezar.

El resumen de la peor semana de mi vida lo puedo resumir en: tras verme en la calle o volviendo a España para no regresar a Austria, he aprendido que no volveré a fiarme de ninguna promesa que me hagan en ningún hotel donde pida trabajo, sea el que sea. Dos decepciones como estas en dos meses son suficientes.

Sigamos con la historia.

JUEVES

Es demasiado tarde para volver atrás y decir aquí que no me voy; el sábado se me acaba el contrato por decisión propia. Y, de todas formas, no quiero seguir trabajando con el turco en la cocina, es algo superior a mis fuerzas y a mis nervios. Por si fuera poco, al Austriaco ahora no le hace falta nadie: esta semana nos hemos despedido y han echado a un total de 13 personas, y aun así le sobran tres. En invierno se puede, ahora no.

En un lugar de Austria de cuyo nombre no quiero acordarme, había una vez un pueblo del que dependía una calle llena de hoteles:

Plano de mi calle.

Plano de mi calle.

Jueves por la tarde: llamo al hotel nuevo de enfrente, el que tiene las letras rojas, porque siempre les hace falta personal. Ya les he mandado mi cv alguna vez, lo mismo con suerte… El jefe de los camareros no está hasta las 6, pero puedo volver a llamar sin problemas. Le pregunto a la recepcionista: ¿Podría pasarme por allí en persona? Estoy por la zona, si no es molestia podría hablar con él si tiene tiempo. Funciona.

A las 6 hablo con él. Me hace una entrevista. Parece que funciona, pero tiene que hablar con el dueño del hotel para que confirme si trabajo con ellos o no. Acuerda llamarme el sábado a partir de las 4.

VIERNES

Me ponen un turno de trabajo que nunca había tenido en dos meses: de 12 a 22. Que al final resultan ser las 22:20. En todo ese tiempo, recibo 4 llamadas del hotel nuevo de enfrente. Dado que estoy trabajando y que, además, no oigo el teléfono sonar ni vibrar, no sé qué quieren decirme. Intento llamar, pero como ya es tarde no contesta nadie.

SÁBADO

Trabajo hasta las 4. Me “despido” del Cocinero vecino y del Cocinero gordito. Digo “despido”, entre comillas, porque seguro que nos veremos más veces. Llamo al hotel nuevo de enfrente. El jefe de los camareros no está. Llega a las 6.

Mientras tanto, voy al hotel grande de enfrente, donde el Austriaco tiene su despacho en verano, para recoger mis papales. Mantenemos una conversación como hacía meses que no manteníamos, prácticamente como amigos, en la que me dice que se ha dado cuenta de muchas cosas que yo no le he contado (ni a él, ni a nadie), que sabe que estoy decepcionada con él por todo lo que ha pasado este verano y que no me puede ni quiere prometer nada, pero me quiere en invierno de nuevo aquí, donde estuve el invierno pasado. Sabe que he tenido la entrevista en el hotel nuevo de enfrente y me dice que le avise en cuanto sepa qué ocurre.

30 minutos después recibo una llamada desde el móvil personal del jefe de camareros del hotel nuevo de enfrente: “¿Has encontrado algún otro trabajo que te interese más? He hablado con el jefe y le parece estupendo que trabajes con nosotros. Empiezas el miércoles. Pásate hoy o mañana a recoger los uniformes”.

Y así de simple y de sencillo tengo un nuevo trabajo, aquí enfrente.

Vuelvo al hotel de enfrente a hablar con el Austriaco y contarle lo sucedido. Me felicita, dice que se alegra de corazón. Y me dice que, puesto que me ha prometido muchas cosas que al final no ha podido cumplir, me deja quedarme en la habitación donde estoy ahora, con el Cocinero alemán, porque, según sus propias palabras “me lo debe”. Para que la Chefin no proteste por estar viviendo aquí mientras trabajo para la competencia, acordamos pagar un mísero alquiler estos meses y arreglado.

Y esa es la historia de cómo vuelvo a ser camarera a partir del miércoles, porque me resulta mucho más divertido y productivo que estar en una cocina haciendo 20 ensaladas cada día, porque puedo volver a practicar alemán, porque puedo volver a recibir propinas y porque, sobre todo, vuelvo a cobrar lo mismo que cobraba el invierno pasado. Y porque, ahora sí, puedo volver a casa antes de Navidad.

Mis planes de futuro en Salzburgo tendré que retrasarlos algún tiempo más. Por ahora me quedo aquí, rodeada de gente que me ha mentido pero entre la que, no sé por qué, me siento segura, con el Cocinero alemán y con la Brujita, que vino a trabajar al hotel grande de enfrente la semana pasada, rodeada de los bichos raros del campo y sin conexión a internet siempre que me hace falta. Pero contenta al menos de evolucionar un poquito. Y satisfecha porque he vuelto a tener suerte. Otra vez más.

Vistas del entorno desde el único bar que permanece abierto en verano.

Vistas del entorno desde el único bar que permanece abierto en verano.

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5 comentarios en “Síndrome de Estocolmo

  1. Loliya dijo:

    Te mereces eso y mucho más!!! Recuerda María a veces la vida nos pone obstáculos que tenemos que ir superando poco a poco para seguir creciendo. Y ha pesar de que este verano y sobre todo esta última semana no ha sido del todo buena has sabido salir adelante…
    Ya es hora que tengas suerte!!!!
    Ya sabes te deseo lo mejor!!!! Y mucho, mucho ánimo.
    Un besazo guapa

    Me gusta

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