Diario de un hooligan

¿Por qué, por qué los domingos por el fútbol me abandonas? En mi caso ha sido al revés: esta historia transcurre un sábado, y más que abandonarme me invitaron a ir a ver un partido de fútbol de lo que equivaldría a la segunda división de la liga española. Jugaban el Altach Amateure contra el Austria Salzburg en casa de los primeros, es decir, en la región de Voralberg, a aproximadamente 390 km. de Salzburgo:

Mapa de Austria

393 km. de distancia equivalen a 5 horas de autobús. Sólo de ida. Más otras tantas de vuelta. Pero vayamos por partes.

Esta última aventura comenzó cuando tuve que conducir hasta Salzburgo por la Autobahn para llegar hasta el punto desde el que salían los autobuses de los hinchas del Austria Salzburgo. No recuerdo haber hecho algo tan relajante y divertido desde hacía tiempo. No es que sea nada apasionante, pero conducir a 130 km/h por una señora carretera en el centro de Europa impone un cierto respeto. Creo que después de esto, la M30 será pan comido.

Bien. Una vez llegados a Salzburgo nos encontramos con 4 (o puede que 5) autobuses, cada uno de ellos con capacidad para llevar a 50 personas, 51 junto con el conductor. El aforo de los autobuses puede parecer un dato irrelevante, pero creo que puede interesar a mis lectores si añado: en mi autobús yo era la única mujer. A pesar de ello, me dieron una sudadera con el logo del equipo y me pude integrar perfectamente en la juerga:

Mi nueva sudadera futbolística

Mi nueva sudadera futbolística

Y rumbo a Voralberg, pasando por Munich de camino, ya que la ruta por carreteras secundarias (no por la Autobahn) resulta más larga, pero bastante más barata. Datos curiosos del camino de ida:

1. Que dentro del autobús se podían comprar bebidas alcohólicas (véase: cerveza, Radler = cerveza con limón, o botellitas pequeñas de vodka con sabores a frutas). Resultado: tras tres horas de camino, ya estaban prácticamente todos borrachos.

2. Que 49 tíos gritaran a coro cada hora: Rauchepause!! (= pausa para fumar), el conductor parase en alguna zona de servicio, y todos se bajaran corriendo para colocarse en fila de espaldas al autocar (lo mismo daba si había árboles que les taparan o no) y descargar la cantidad de cerveza que habían ingerido hasta entonces. Sólo tras la tercera Rauchepause al conductor se le ocurrió que yo no podía formar parte de esa fila y empezó a hacer las paradas en zonas en las que había retretes públicos. Desde aquí quiero dar las gracias públicamente al coreógrafo del autocar, que fue quien le pidió al conductor que parase no sólo en zonas boscosas. Y en la cuarta parada empezó la animación de verdad. La “fila” la formaron en medio de un campo a cuyos lados había zonas arboladas, sobre un horizonte soleado. Al fondo se podían ver un par de casas típicas austriacas, con sus  dos plantas y su tejado a dos aguas, su pequeño huerto, y por la derecha de las casas había dos chicas paseando en dirección contraria al lugar donde se encontraba nuestro autobús. Y entonces, de repente, los 49 tíos se pusieron a cantar a coro con la suficiente fuerza como para que las chicas, que debían de estar a unos 500 metros de distancia, pudieran oírles, se giraran, y se encontraran con imaginaros qué clase de escena. Yo, por suerte, no bajé del autobús.

3. Hubo dos personas que animaron el camino bastante más de lo que yo esperaba. El coreógrafo (por llamarle de alguna forma) era una parte curiosa de la decoración del autobús: se sentó en la parte de delante, rodeado de cajas de cervezas y de bocatas, e iba vendiendo la mercancía a todo aquel que se le acercaba. Para amenizar el asunto, se colocó una especie de paño de seda de color rosa de unos 30×30 cm. en la espalda, anudado al cuello, tratando de imitar una capa que le llegaba por la mitad de la espalda, y una tiara de princesa en la cabeza. De ahí el que le llamaran Prinzesin, evidentemente. El otro personaje divertido fue un chico/hombre (de edad indefinida) que se subió al autocar con un chándal y una sudadera de color violeta (el del equipo, evidentemente), pero que a lo largo del camino se cambió de ropa y se puso un traje de chaqueta con deportivas y con una corbata elaborada a partir de una bufanda con el logotipo del equipo de fútbol. A ello añadió una gorra de colorines en cuya parte superior había unas aspas que giraban; gorra que fue pasando de cabeza en cabeza a lo largo de 5 horas. Creo que el objetivo de todas esas cabezas era tratar de conseguir que las aspas giraran durante el mayor tiempo posible, a pesar del grado de alcohol en sangre de los dueños de cada una de ellas, pero lo cierto es que no se me ocurrió preguntarle a ninguno el por qué de esa pugna.

Tras tanta pausa innecesaria (según mi punto de vista) llegamos finalmente a Altach, tan sólo 15 minutos antes de que empezara el partido. Yo seguí a mis acompañantes hasta la grada, y una vez dentro me percaté de algo que no había notado por fuera del estadio: nuestra grada estaba no sólo separada de las restantes, sino rodeada por dos filas de vallas de alambre lo suficientemente altas como para que nadie pudiera escalarlas y saltarlas. Y ahí me dije a mí misma: María… bienvenida al mundo de los ultras.

Antes de continuar con mi relato tengo que aclarar una pequeña diferencia que yo no conocía, y que me corrija alguien si me equivoco: la diferencia entre los hooligans y los ultras, que no es muy grande, reside en el hecho de que los hooligans aspiran básicamente a buscar problemas, mientras que los ultras disfrutan de los partidos, y preparan sus banderas, canciones, etc., a pesar de que sean igualmente violentos.

Los ultras del Austria Salzburgo son buena gente en general. Algunos de ellos dan un poco de miedo, todo sea dicho, y cuando te juntas en una grada enrejada junto con 200 hombres y unas 5 mujeres aparte de ti, todos ellos bebiendo cervezas a mansalva, es bastante lógico sentir un cierto respeto. Pero esa primera impresión duró unos 5 minutos. Cuando ya estábamos todos en la grada y cerraron la puerta especial que habían habilitado sólo para nosotros, un hombre cogió un megáfono y empezó a gritar.

Hombre con megáfono en primer plano, de espaldas.

Hombre con megáfono en primer plano, de espaldas.

No entendí absolutamente nada de lo que dijo en todo el tiempo que estuvimos allí, pero cada vez que empezaba una frase, los 200 restantes le seguían cantando y siguiendo una coreografía que todos (salvo yo, evidentemente) conocían. Y así fue cómo empezó el partido, y ni siquiera me di cuenta de ello, de lo absorta que estaba viendo a todos bailando, cantando y dando saltos a coro.

Los ultras del Austria Salzburgo no sólo tienen sus propias canciones y letras inventadas por ellos mismos, sino que te puedes encontrar con que, en medio de una coreografía perfectamente sincronizada cambian de registro y tararean canciones de Mozart a base de la la la y lo lo lo, o lo mismo se anima uno a cantar Rivers of Babylon, de Boney M, y le siguen todos. Con coreografías especiales en cada caso, por supuesto. Para que os hagáis una idea, he encontrado un video (no de este último partido, por supuesto), en el que se ve más o menos lo que estoy contando, visto desde fuera:

 

Quedaos sólo con las imágenes en color, la pirotecnia del principio del vídeo sólo la vi ligeramente, y la sentí también en mi cabeza cuando me cayó un trozo de algo que salió de una bengala que encendieron cerca de mí.

Humo de la primera bengala de la tarde, a la derecha.

Humo de la primera bengala de la tarde, a la derecha.

Sí, una bengala. Están prohibidas, y cachearon a todos los hombres según fueron entrando por los controles de seguridad que pusieron exclusivamente para nosotros, pero cada uno llevaba una dentro de la ropa interior, y de alguna forma consiguieron colarlas. Dicen que lo hacen siempre, así que ya están acostumbrados.

En el caso del partido de este fin de semana, el tambor que se oye de fondo en el vídeo llegó incluso a romperse debido a la fuerza con que lo golpearon durante absolutamente todo el tiempo que duró el partido, y acabaron dando golpes a la reja para hacer más ruido. Puede que mi percepción no sea la correcta dado que yo estaba en todo el centro, pero creo que se oía a más a mis nuevos amigos los ultras, cuyas voces retumbaban en todo el campo, que a los propios hinchas del equipo local.

Decir que fue divertido es quedarse corto. Y para colmo, el Austria Salzburgo ganó por 3 goles a 0, lo cual desató la histeria colectiva al final del partido e incitó a consumir una mayor cantidad de alcohol en el camino de vuelta. No puedo contar qué pasó entonces, ya que dediqué 4 horas y media a la productiva actividad de dormir, pero sí puedo mostraros algunas fotos oficiales del evento en la página del club.

Ya que conservo la sudadera violeta del equipo, me han invitado a unirme a ellos en cualquier otra ocasión en que tenga ganas de acompañarles, pero tengo entendido que, cuando pierden, la histeria colectiva se transforma en actitudes violentas, y no me gustaría que mis heridas de guerra superaran a la ligera quemadura de la bengala. Gracias, pero creo que no iré. Al menos no siempre.

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5 comentarios en “Diario de un hooligan

  1. Sonia dijo:

    que te quemaron la cabeza??? me los cargo uno a uno!!!!!!! y bueno… visto el video… en fin… parecen miembros de cierta organización con doble consonante a las órdenes de un señor bajito con bigote ridículo….. sin querer ser ofensiva…. jajajajajajaja si es que lo llevan en la sangre los pobres…. q van a hacer…. y bueno… me alegra que no perdieran y nos hayas podido transmitir esta subrealista historia!!!!! jajajajajajajajajajajaa

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  2. Marina dijo:

    Mary! Ya estás oficialmente preparada para venirte entonces a un partido del Rayo, en los cuales tampoco es nada raro que se escuche más a los aficionados del Rayo que a cualquier equipo local 😉

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