Cosas de casa

Al igual que ocurre hasta en las mejores familias, compartir trabajo/casa con tanta gente tiene sus cosas buenas, sus cosas menos buenas y todo lo contrario.

Creo que aún no lo había contado, pero he de confesarlo: mi habitación no tiene ni ducha ni retrete propios, tengo que salir al pasillo, girar a la izquierda y elegir: la penúltima puerta de la izquierda es el retrete, y la última puerta de la derecha es la ducha. No me supone ningún problema el hecho de salir a ducharme con la toalla y una bolsa de aseo en la mano, ni me preocupa en exceso tener que compartir la ducha con alguien más. La parte negativa de todo esto es que quien comparte la ducha conmigo es algo guarrete. O guarretes, porque creo que son al menos dos más las personas que pasan por allí a diario. El otro día descubrí a uno de ellos mientras salía por esa puerta: se trata del Húngaro de abajo, quien parece ser que tiene una habitación similar a la mía. Supongo que lo de dejar tirada en el suelo una toalla mojada y de un color distinto al que debería tener durante ya más de seis semanas debe de ser cosa suya. Sin embargo, eso no explica la cantidad ingente de champús y acondicionadores de pelo de mujer que hay junto al plato de la ducha. Sí, está bien, hay hombres que utilizan productos de belleza capilar femeninos, pero este chico en cuestión (el Húngaro de abajo) está algo falto de pelo, lo cual me lleva a pensar que la habitación de alguna de las húngaras de esta planta tampoco tiene ducha.

Una de las cosas buenas es que sigo desarrollando mis dotes de MacGyver. Por ejemplo, hace cosa de más un mes se fundió la bombilla del pasillo que tengo a mi izquierda, y al Húngaro (que vive al lado del retrete y enfrente de la ducha) no pareció resultarle importante cambiarla. Es posible que le parezca divertido caminar en la oscuridad, pero tengo que reconocer que para mí es algo difícil y peligroso (ya que tengo muy desarrollado mi sentido de darme golpes con muebles y paredes, incluso aunque conozca su ubicación exacta). Por ello decidí coger una de las muchas bombillas que tenemos almacenadas por todas partes (algo bueno tenía que tener el hecho de vivir en un hotel), arrastrar un arcón que hay colocado en medio del pasillo, subirme tranquilamente a él y cambiar la susodicha. Lo más gracioso de todo fue que, al acabar, el Húngaro abrió la puerta y me sonrió. Y a eso, señores, es a lo que yo llamo mala leche, porque su cara parecía decirme: “gracias por cambiar la bombilla”. Luego dirá que está estresado.

Tanto el Húngaro como el resto de sus compatriotas tienen (o tenían) algo en común: son bastante descuidados con las zonas comunes, por no decir que parece que les encanta dejar siempre las cosas por medio. Desde que llegué aquí, había en la cocina un folio doblado por la mitad en el que ponía: “Es muss bitte jeder sein benütztes Geschirr wieder verräumen!”, lo cual yo traduzco como: “cada uno debe recoger su vajilla usada, por favor”, más o menos. Sin embargo, die Ungarische Leute (= la gente húngara) parecía no hacerle mucho caso al cartel en cuestión, de manera que añadí dos palabras a la frase: “und Honig” (= y miel), le pedí a la Brujita que tradujera todo a su idioma y pegué el folio en la pared que queda justo enfrente de la mesa de la cocina. Al principio todos los húngaros me miraban relativamente raro; imagino que sabrían que fui yo la que pegó el cartel cuando me había dedicado antes de aquello a preguntarle al Austriaco si podía traducir esa frase… Sin embargo, mi misión ha tenido éxito: cada vez que alguien se sienta a la mesa para desayunar / comer / cenar tiene que leer el cartel obligatoriamente, y desde entonces no he vuelto a tener que recoger los vasos de nadie ni los botes de miel. Ahora todos están guardados en el armario que tenemos específico para ellos, y todo está mucho más limpio y ordenado. Me encanta que los planes salgan bien.

De la manutención de die Kollegen se encargan o bien el Cocinero turco (todos los días) o bien el Cocinero gordito (que es quien viene cuando el Cocinero turco tiene el día libre). Normalmente comemos lo que sobra de la cena de los Gäste de la noche anterior, y para cenar suelen (no siempre) preparar algo específico. Pero ayer se produjo el caos. A las 17:30 hora local bajé como de costumbre a cenar. Como de costumbre en estas últimas semanas, el Cocinero turco me dijo que no había tenido tiempo de preparar nada (desde las 13 horas, que es cuando empieza él a trabajar) y que si no me importaba tomarme una sopa mientras terminaba de preparar una pizza para los trabajadores. Como no suelo protestar en lo que respecta a la comida, no me pareció mala idea. Pero si lo hubiera sabido antes, habría iniciado mi propia rebelión. A las 19:00 terminó de preparar la pizza, pero para entonces ya estaban aquí todos los Gäste y al Camarero le había empezado a doler la espalda. Lumbago. Con 24 añitos que tiene. Conclusión: ayer me tocó a mí hacerme cargo de prácticamente todo lo que se supone que debe hacer él normalmente. Cuando conseguimos terminar de trabajar, eran ya las 23 y el plato de pizza que la Brujita y yo habíamos dejado apartado para poder cenar había desaparecido. Sé que esta historia es de todo menos entretenida, pero tenía que contarlo: ayer no cené. Una sopa. ¡Una sopa! ¿Pero qué es esto? Así me ha pasado hoy, que he desayunado como una campeona: dos bocatas, un montón de trozos de Gurken (= pepino), dos croissants con esa pasta de cacao que se unta en tostadas o simplemente en pan, medio litro de leche… Y aún así, no he dejado de tener hambre en todo el día. Espero que a este hombre no se le vuelva a olvidar que a veces necesitamos nutrirnos, porque al paso que voy adelgazo mucho más antes de volver a casa.

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2 comentarios en “Cosas de casa

    • Pues fíjate cómo están ahora las cosas: al día siguiente hablé con él y le dije lo que había pasado la noche anterior, y desde entonces me da de cenar todo lo que quiero, postres incluidos. ¡A lo mejor acabo engordando y todo! ¡Por fin! 🙂

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