Checkpoint Österreich

Mi segunda entrada de hoy se la voy a dedicar a los medios de transporte, de los que creo que ya he utilizado prácticamente todos desde que llegué hasta aquí.

Zu Fuß.

Dice el refrán que todos los caminos llegan a Roma y es verdad, desde aquí también debe de haber uno, aunque no sé cuál de todos es. Andar es muy sano, y muy práctico cuando tienes que recorrer pocas distancias, pero cuando bajar hasta el pueblo supone tres cuartos de hora de ida y otros tantos minutos de vuelta, una se piensa muy mucho si lo que tiene que hacer en el pueblo merece tanto la pena como para caminar durante ese tiempo. No es que sea algo excesivo, pero el camino de regreso tiene una inclinación de entre un 5 y un 7 por ciento, y se combina con 25 curvas (contadas) que siguen la ladera de la montaña. Divertido, sí, pero también tremendamente agotador.

Bus.

Gott sei Dank (= gracias a Dios) el Argentino me explicó al principio dónde se puede coger el autobús (porque yo no era capaz de encontrar la parada) y por tan sólo 50 céntimos puedo bajar al pueblo. Subir es algo más complicado, porque el último autobús que viene hasta aquí directamente pasa a las 13:37, por lo que, si me apetece dar una vuelta cualquier tarde libre, tengo que contar con el hecho de que el camino de regreso tengo que hacerlo zu Fuß y, a ser posible, antes de las 5, que es cuando ya es de noche.

Zug.

La red de trenes austriaca, a la que se conoce con el nombre de ÖBB (Österreichische Bundesbahnen), funciona muy bien, al menos por lo que yo llevo visto hasta el momento. Los billetes se pueden comprar en las taquillas, en las máquinas de venta automática, o por internet. Siempre he preferido comprar los billetes por internet, puesto que así me aseguro de que hay suficientes plazas libres, y porque, al poder imprimirlos desde casa, me ahorro tener que llegar con antelación a las estaciones para conseguirlos. Ahora bien, aquí carezco de impresora, así que he vuelto al formato antiguo: el de comprar los billetes en las taquillas. Resulta muy útil que el señor vendedor me imprima (siempre que lo pido, y también cuando no lo pido) un folio en el que aparece reflejado el número de tren y desde qué Gleis (= vía) parte el tren que a mí me interesa, porque esto, amigos, no es Atocha, resulta un poquitín más complicado, y los trenes no siempre van a los mismos lugares desde las mismas vías.

Con respecto a los precios, la verdad es que varían bastante. Por ejemplo: llegar desde aquí hasta Salzburgo me cuesta 9,90 euros, cálculo que está realizado en función de la proximidad entre Salzburgo y el origen o destino al que se quiera desplazar uno. Es semejante a lo que ocurre con el transporte público en Madrid. Sin embargo, los trenes regionales son algo (por no decir bastante) más caros. El tren desde aquí hasta Viena (ya incluidos los 9,90 euros del trayecto hasta Salzburgo, donde tuve que hacer el transbordo) me costó alrededor de 43 euros (sólo ida), pero tengo que reconocer que mereció la pena.

S-Bahn.

Las Straßenbahn (o S-Bahn, en su forma abreviada) sólo las he utilizado dos veces en Salzburgo, y no me pareció que fueran precisamente muy baratas: 2,95 euros para llegar al casco antiguo, y 2,30 para volver a la estación de tren. En esta ocasión, el precio varía porque la cantidad de paradas que recorrí no eran las mismas; a la vuelta caminé unos metros más hasta encontrar la marquesina que estaba buscando, pero en ningún caso fueron más de 5 ni implicaron un tiempo superior a los 7 minutos.

U-Bahn.

Por ahora solamente conozco el metro de Viena, para más información, os remito a esa entrada: Memorias de Viena.

Taxi.

Con los taxis tengo ya un par de historias algo graciosas. Una de ellas no tanto, porque me supuso una gran pérdida de dinero y de tiempo, pero otras dos se pueden contar perfectamente. El bar de enfrente permanece abierto todas las noches hasta las tres o las cuatro de la mañana, por lo que, cuando algunos Kollegen se ponen de acuerdo, nos acercamos a tomar algo después de trabajar. En alguna ocasión ha sido preciso acercarnos hasta un hotel/restaurante que está a unos 200 metros de aquí, en el que pedimos pizza de vez en cuando, o incluso bajar después hasta el pueblo, y para ello ya hemos utilizado dos veces un taxi. Más que un taxi, tendría que decir “el” taxi, porque parece que siempre elegimos al mismo conductor: se trata de un señor bosnio que dedica todo su tiempo libre (cuando está con el taxi) a ver vídeos en una tablet que guarda en el coche, y a todos los clientes a los que lleva les enseña imágenes de un gimnasio que tiene en un pueblo de los alrededores, en el que toda su familia practica deportes parecidos al boxeo. Podría deciros los nombres de esos deportes, pero ni me acuerdo ni me interesa especialmente. La cuestión es que cada vez que recoge a alguien le cuenta la misma historia; incluso cuando ya la ha contado una vez, parece olvidarlo y la repite nuevamente. Una de las veces nos enseñó vídeos de su hijo el mayor practicando zumba (¿se dice así?) que prefiero no reproducir aquí porque me da vergüenza ajena: en las imágenes aparece un chico de unos 20 y tantos años moviendo los brazos y las caderas sin parar; pero más que zumba eso parece la lambada… Es una forma bastante extraña de hacer deporte, pero al taxista le hace tanta ilusión presumir de su Fitnessstudio (= gimnasio), que hasta en las tarjetas de visita que reparte con el número de teléfono para llamar al taxi aparece la dirección y la web del gimnasio en cuestión.

Auto.

Yo siempre he sido partidaria del transporte público, principalmente por aquello de ahorrar dinero. Sin embargo, llegar aquí me ha vuelto más vaga en ese sentido; es probable que los tres cuartos de hora que dura el camino desde aquí arriba hasta el pueblo tengan algo que ver. Hasta ahora me había estado aprovechando del coche de la Compi Maja, pero como se ha marchado, mi siguiente chófer va a ser el Cocinero alemán, lo tengo claro.

Ayer, sin ir más lejos, aprovechamos que teníamos los dos el día libre y fuimos a Perach, un pueblecito que se encuentra cerca de Freilassing, ya en Alemania (para aquel que no lo sepa). Más allá de la hora de camino que nos costó llegar hasta allí, lo realmente divertido fue cruzar la frontera, 4 veces en total. La única frontera que había cruzado en coche en mi vida es la que separa Salamanca de Portugal, a la que en aquella ocasión llamamos Portaña gracias a lo mal que se leía un cartel colocado en unas vías de tren antiquísimas.

Sin embargo, ayer pude ver cómo, justo antes del punto en el que acaba un país y empieza el otro, hay carteles azules con las estrellas de la bandera de la Unión Europea colocadas en círculo, en cuyo centro pone el nombre del país al que se va a llegar. Al margen de eso, lo único que “noté” en ese paso de un país a otro fue que la carretera se estrechaba ligeramente y que había que reducir la velocidad, porque si no me llega a avisar el Cocinero alemán, ni me habría dado cuenta. La carretera  seguía siendo la misma, los coches seguían siendo también los mismos, y no había ningún puesto de control fronterizo en el que pagar aduanas. ¡Viva la Unión Europea! Llamadme inculta, pero el hecho de vivir en España siempre me había hecho equiparar fronteras con montañas (Pirineos) y ayer pude comprobar que hay vida más allá de La Jonquera y de Portaña.

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2 comentarios en “Checkpoint Österreich

    • ¿Qué me dices? Eso es para ver si eres contrabandista, seguro… ja ja Nunca he estado en Andorra, tengo que probar, aunque no me pilla muy de paso el día que tenga libre…

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